APUNTES DE BANQUILLO
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Por Roberto J. Madrigal
2 min
Deportes05-10-2003
Pensaba seguir dándole cera a la guerra de números y audiencias que mantienen los organizadores de las distintas competiciones y los responsables de la programación deportiva de las distintas cadenas, pero como por más que me queje, el monopolio no va a cambiar, y mucho menos aún el olor a podrido que emana de los despachos de los directivos de las televisiones. Como no son horas, y ahora que vamos despacio es el momento de contar mentiras, al cuerno con ellos. La soledad de la madrugada, cuando hay que estarse pendiente de revisar hasta el último detalle y hacer alguna noticia que al compañero de turno se le ha olvidado avisar a tiempo –daremos por bueno que no lo hacen por mala leche–, en lo que se echa una mirada al reloj para ver cuánto tiempo de descanso queda antes de afrontar una jornada de vendimias, que el euro es el euro, actualizando el refrán, resulta un momento duro, pero útil para encontrarse, no sé si tanto con uno mismo, que al fin y al cabo se hace este trabajo desde hace algo más de tres años, pero sí para separar el grano de la paja –siguiendo con el símil agrícola– de los redactores que más tendencia tienen a dejar tirado su trabajo ante cualquier problema, por pequeño que sea, que les surja. Mientras veo cómo me enfrento al reto de la página en blanco, como antes de mí les ha pasado a tantos otros –incluido un tal Francisco de Quevedo, me viene a la memoria aquello de "Un poema me manda hacer Violante / que en mi vida me he visto en tal aprieto. / Catorce versos dicen que es soneto, / burla burlando, van los tres delante (…)"–, sin otro ánimo que el de rematar el expediente para poder descansar cuanto antes, por aquello del sueño atrasado que dejan las veladas de Extremo Oriente, cosa de los horarios que les da por ponerse a correr a esos locos de las dos ruedas, que para más inri, hacen que el trasnochón merezca la pena. Y así, sin argumento, dándole patadas a ese Libro de Estilo que andamos revisando, ya toca después de tres años, pasan las líneas, pasan los minutos, pasa la atención de ese lector que no sabe a cuento de qué viene toda esta retahíla de palabras sin sentido. La verdad es que yo tampoco lo sé, para qué nos vamos a engañar. Pero a estas horas, con el sueño –que no la tajada de la juerga del fin de semana, ya me gustaría– resulta difícil salir del paso, tendré que ponerme en el lugar del que tiene más recursos y talento para hacer un artículo en tiempo récord. Si alguien tiene la fórmula mágica, que me la pase: prometo cambiarla por una receta de flan de queso para torpes, que con cuatro ingredientes, sin tener mucha idea de hacer caramelo y con un horno que no hay manera de controlar la temperatura, queda más que suculento.






