SIN ESPINAS
La trucha de Atucha

Por Javier de la Rosa
2 min
Opinión05-10-2003
Como la trucha pescada, Atucha mordió el anzuelo del nacionalismo. Cayó en la secta y se sigue embarrando hasta el cuello haciendo la trinchera. Aquel consejero de Interior del que se sentía orgulloso hasta Antonio Herrero por su incesante lucha contra ETA, se ha convertido en el paladín de la ruptura institucional. Atrapado en una falsa idea de responsabilidad, el rostro de Juan María refleja que su cabeza y su corazón van por caminos distintos. Tal vez todo este asunto de hacerle el juego a los enfermos de nacionalismo que dirigen su partido le ha puesto un poquito de sal a su vida. Imbuido por la falsa idea de estar viviendo una cruzada quijotesca y, a pesar de su edad y experiencia, Atucha se ha terminado creyendo todo lo que le cuentan como un niño de Icastola. Sus formas en el Parlamento muestran a un pusilánime frustrado por la tarea que se le ha encomendado. Atucha defiende una soberanía que no existe, una jurisdicción fantasma, unas competencias que emanan sólo de Estado español y un derecho de autodeterminación que no existe. Pero eso de haberse convertido en un forajido de la ley, de no acatar ni las sentencias del Supremo no es más grave que a lo que llegó el viernes pasado. La ceguera o, lo que es lo mismo, la falta de visión le han llevado a equiparar de facto a las víctimas con los verdugos. Casi ahogado en su propio aire, el presidente de la Cámara de Vitoria permitió que una proetarra llamada Jone Goricelaya -abogada de estos asesinos- llamara con impunidad "fascista y torturador" a un parlamentario del Partido Popular. Atucha no le hizo retirar esas palabras a la vocera de los terroristas sino que se encaró con el demócrata. Como en la Alemania nazi, Atucha no sólo volvió a poner en el mismo montón a las víctimas y a los verdugos sino que permitió que los lobos tuvieran más defensa que los corderos. La trucha de Atucha se ahoga moral e intelectualmente después de haber mordido el anzuelo del extremismo nacionalista. Ya está en la cesta del pescado vendido y asado en la parrilla de una Sociedad Gastronómica. Si le vale, le recordaré -señor Atucha- las palabras de un vasco de pro que sabía del peligro nacionalista. Decía Unamuno: “Con el aire de fuera regenero mi sangre, no respirando el que exhalo”. No se ahogue, señor Atucha, abra sus pulmones y su corazón y respire aire nuevo.






