CRÓNICAS DEL ESPACIO INTERIOR
Si el protagonista ya no es el actor

Por Álvaro Abellán
2 min
Opinión07-09-2003
Tuve la impresión de que todos los periodistas se obsesionaron con lo mismo durante estos días: el tema de la sucesión. Dicho así, en plan impersonal, como acostumbran ahora en los medios informativos: “el tema de la sucesión”. No obstante, era una falsa impresión. Muchos periodistas hablaron del tema y del sucesor -era de esperar en esta enfermiza carrera por la novedad-, pero otros, pocos, hablaron del nombramiento y, por lo tanto, de Aznar. Porque la noticia no es tanto un “tema” como una “acción” y, hasta ahora, los protagonistas de la acción siempre habían sido los que la ejercen. La palabra “actualidad” vació parte de su contenido y connotaciones y se rellenó del excedente que le sobraba a “novedad”, palabra sobrecargada en estos siglos locos de aceleración sin memoria. Lo actual no tiene ya nada que ver con la acción y su agente, es decir, con el obrar propiamente humano. Actual es ya cualquier cosa, cualquier “tema” que pueda ocupar una portada con aire de nueva temporada y a juego con las estaciones del año. Resulta ahora que Aznar, quien prometió hace ocho años que abandonaría la política por estas fechas, cumple su palabra y nombra sucesor. Y la portada, lejos de ir para quien así obra, va para el paciente, el pobre feliz afectado por la una acción sin precedentes en nuestra joven democracia. Es como si la noticia, en vez de política, hubiera sido de sociedad, como si le hubiera caído el Gordo al gallego y hubiera que estar con él para celebrarlo. Me gustaría creer que así ha sucedido porque todos creyeron en las palabras de Aznar y confundieron su palabra con su acción, de forma que entonces, en efecto, no habría nada de novedoso. Me temo que no ha sido así. Casi toda la prensa obvia la reflexión necesaria y trascendental que merece la acción del presidente del Gobierno, y lo hace porque no entiende de acciones humanas, sino de “temas” y de “caras nuevas”. Mal le va a esta prensa-ficción que olvida las reglas clásicas. Cuando el protagonista ya no es el actor, sino el paciente, qué historia nos van a contar.






