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ANÁLISIS DE LA SEMANA

Prisa

Fotografía

Por Amalia CasadoTiempo de lectura3 min
España15-06-2003

La espontaneidad premeditada y cutre mostrada por los dos socialistas díscolos que le han salido al Partido Socialista, criticables por no actuar según los cauces de quien conoce el sistema de partidos y de la democracia, es sin embargo sintomático de una de las grandes enfermedades que padece el Partido Socialista, que se las viene dando de ganador de las elecciones del 25 de mayo, como cabía suponer, y que tiene que irse tragando los faroles que sus poco educados y responsables portavoces han tenido el descaro de pronunciar sin escrúpulos delante de cualquier cámara o micro que les pusieran delante. El pobre secretario general del PSOE, José Luis Rodríguez Zapatero, no debe poder dormir con tanto sobresalto. Su consolidación como líder y alternativa al Partido Popular se había ligado a los resultados electorales del 25 M. Enorme error: el liderazgo es una carrera de fondo, un trabajo lento y costoso que comienza con una renovación verdadera en el seno de una organización. La enfermedad del Partido Socialista se llama prisa. Y eso es sinónimo de falta de verdadero diálogo -¿quién escuchó a Tamayo y Sáez, y a los renovadores de la base con verdadero espíritu de diálogo?-, de hipocresía que promete cambio social y justicia pero que no repara en mantener limpia y aseada la propia casa; es sinónimo de viejas fórmulas de control de la opinión, de acusaciones sin pruebas, de ambiciones desordenadas y de engaño. Porque la prisa es ciega, es sorda y es coja. España tiene un problema, y es que quienes pretenden una modernización del país -que el Partido Popular inició desde que alcanzó el poder- pretenden lograr la confianza de los ciudadanos empleando medios que devuelven a este país a modos y formas caciquiles y casposas. Ése es el diálogo, ése es el talante y ésa es la forma de hacer las cosas del actual Partido Socialista en el que, quien más quien menos, hace lo que le da la gana a pesar de las consignas de su secretario general. Una falta de orden que, por cierto, tiene graves consecuencias también en el País Vasco, donde, supuestamente, PP y PSOE comparten objetivos más allá de sus propios intereses de partido, objetivos como la Paz, y la libertad. Se criticó en su momento a un PP que pretendía combatir el terrorismo desde la legalidad y la Constitución, en contraste evidente con aquellos GAL que aún hoy colean con el caso Brouard. Se le criticó porque era absolutamente incorrecto políticamente proponer medidas que pudieran llevarse por delante la ambigüedad de un partido Nacionalista Vasco que siempre jugó a dos bandas, arrastrando al PSE en sus delirios secesionistas. Hoy también Zapatero padece los pecados de sus antecesores. Pero ahí están los resultados de la lucha contra el terrorismo llevada a cabo desde la legalidad. Aún así, el poder tienta. Que el Partido Popular gana confianza de los ciudadanos no se puede negar. Pero más vale ser precavidos: confiar mientras se debe, retirar la confianza cuando se debe, pero siempre y cuando el remedio no sea peor que la enfermedad. Sí: a España le corre prisa una oposición creíble, firme y que no se venda fácilmente a cualquier postor traicionando la confianza de sus electores, una oposición con un buen gabinete de comunicación más allá de las ondas radiofónicas. A España le corre prisa un partido que pueda hacer frente a las tentaciones de quien posee mayorías absolutas y que pueda ser verdadera alternativa para todos –católicos, empresarios y honrados incluidos-. Aunque, hoy por hoy, las prisas son malas, si alguna debería preocuparle a Zapatero es la de hacer de su partido una verdadera familia de profesionales por el bien común.

Fotografía de Amalia Casado

Amalia Casado

Licenciada en CC. Políticas y Periodismo

Máster en Filosofía y Humanidades

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