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SIN ESPINAS

El abuelo Juanito

Fotografía

Por Javier de la RosaTiempo de lectura2 min
Opinión03-03-2002

Año 2040: Mamá, Mamá ¿es verdad que al abuelo Juanito le expulsaron de unos Juegos de Invierno por dar positivo en un control por sorpresa que encontró la presencia en su organismo de Darbepoetina? Si, hija mía, pero deja ya la hemeroteca de Internet y que no te oiga el abuelo llamarle otra vez Juanito. O es que no te he dicho ya mil veces que nos prohibió a todos pronunciar ese dichoso nombre con que le apodaban los españoles. Ya, Mamá pero es que no entiendo porqué los españoles se enfadaron tanto con él, si sólo hizo lo que decía su médico. No te engañes, hija mía, en aquella época los deportistas eran como cobayas en manos de científicos. Por eso, dejaban probar en su cuerpo cosas raras para burlar la ley y aumentar su potencia muscular. Todos creyeron en la falsa idea de que el doping era moneda de cambio para todos y, en busca del falso triunfo, entraron en la espiral de la ambición incluso a costa de jugarse su salud. Algunos murieron por una trombosis, otros por infartos cerebrales o de corazón, o se quedaron estériles después de tanto desfase hormonal. Y los que mejor suerte corrieron arruinaron su vida profesional, su imagen y el sueño deportivo que les vio hacerse hombres y mujeres. Todo por dar una zancada más larga o una pedalada más potente. Todo por levantar un peso sobrehumano que terminó cayendo encima de más de uno como una losa. El abuelo Juanito incluso dejó de tener patria. En el 2002 los españoles hablaban y reían cuando comentaban los juegos de Sant Lake City. Uno incluso le llegó a comentar a un amigo en tono burlesco: oye, qué bueno lo del español este que ha ganado dos medallas y ha hecho historia para el deporte español; la pena ha sido ese alemán al que han pillado por doping después de ganar otra. Mamá, pero si el abuelo Johann ganó dos medallas ¿por qué está siempre tan triste? Hija, porque por mucho que dijeran las habladurías él sabe que la última palabra a la hora de doparse la tiene el propio deportista.

Fotografía de Javier de la Rosa