ANÁLISIS DE CULTURA
Amantes del arte

Por Marta G. Bruno
2 min
Cultura02-08-2009
El verano madrileño posee el color azul de Sorolla, el verde de su jardín o sus luces repletas de brillo. Madrid ha sabido vender bien a uno de los grandes pintores de España, Joaquín Sorolla (1863-1923), aunque sea con apetecibles y económicas promociones que “obliguen” al espectador a ver España. Es a lo que el Museo del Prado ha tenido que recurrir para atraer público nacional a Madrid, porque la mayoría es extranjero. Así descubrimos la fuerza de un pintor que quedó relegado en un segundo plano debido a sus ideas demasiado conservadoras ante la aparición de las vanguardias. Vuelven sus obras, y lo hacen recordándonos la belleza de lo natural. Sólo hay que admirar obras suyas como La bata rosa, con la magnificencia de sus luces, el sol entrando por las rendijas de un ventanal, o Niños en la playa, donde demuestra todo su poderío con las sombras. Ambas estampas son sinónimo de frescura estival, de claridad veraniega. Una claridad veraniega de la que también podía presumir el malagueño Pablo Picasso, original por la expansión alrededor de todo el mundo de su arte innovador y su amor hacia el Cubismo. Sorolla y Picasso son dos pintores bien diferentes en cuanto a la técnica se refiere. De Picasso sabemos mucho, pero es ahora el momento de apreciar el luminismo del paisaje y la figura de Sorolla. El conservadurismo de Sorolla frente a la danza moderna de Merce Cunningham. No hay más placer que sentir cómo un bailarín llega hasta lo más profundo del análisis artístico, donde disgrega la música, los decorados y el baile, tratando cada uno de estos elementos por separado, pero necesarios todos para lograr una creación. Chapeau a la locura, que es la que consiguió que muchos de los grandes artistas llegaran al culmen profesional.
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Marta G. Bruno
Directora de Cultura de LaSemana.es
Licenciada en Periodismo
Estudio Ciencias Políticas
Trabajo en 13TV
Antes en Intereconomía TV, La Razón y Europa Press






