ANÁLISIS DE DEPORTES
La ‘bestia’ tranquila

Por Roberto J. Madrigal
3 min
Deportes06-07-2008
Aún seguirá siendo el número dos del mundo por una temporada, pero lo que ha hecho Rafael Nadal en Wimbledon ha sido apoteósico. El mallorquín, que ya era el rey del circuito sobre tierra batida, se ha convertido en el príncipe sobre la hierba. De paso –porque sigue sin ser una verdadera guerra, sino un desafío para dilucidar quién es el mejor–, Roger Federer se ha encontrado con la racha de triunfos en el pasto de Londres interrumpida en cinco… y con el riesgo de que, si no lo remedia en el US Open, sería su primera temporada desde 2003 en la que no levantaría ninguno de los cuatro grandes, cuando hasta ahora su objetivo inalcanzable había sido tratar de redondear la perfección con el Grand Slam, ganar los cuatro mayores torneos a la vez en el mismo año. Una misión titánica en la que, invariablemente, se le acababa por atragantar la tierra batida de Roland Garros. El problema que se le presenta a Federer, ya evidenciado en París, es de índole sicológica: ¿cómo mejorar lo que ya es casi perfecto? ¿Con qué referentes? El suizo libra una batalla épica, pero desigual, con la Historia. Y ha alcanzado un punto en que mejorar es casi imposible. Desde hace algunas temporadas, cuando decidió prescindir de Tony Roche como técnico, el genial helvético viene dando bandazos: ha mantenido su rendimiento en pista rápida y hierba, pero la aventura con Pepe Higueras para preparar mejor la tierra batida tal vez le haya hecho tener más dudas sobre su propia capacidad. Mal acostumbrados, como estábamos, a que Federer hiciera un título de cada final, el propio helvético reconocía que la altísima exigencia a que se le somete en cada aparición no podía ser buena. Definitivamente, el bueno de Federer empieza ahora un período difícil, de reflexión, que de no saberlo encauzar puede significar el inicio del declive de su extraordinaria carrera. Inaudito cuando hablamos de un tipo que aún no ha cumplido los 27 años. Nadal, con la ayuda de su familia –empezando por su tío Toni, segundo padre y entrenador–, ha conseguido mantener bajo control todo aquello que tiene que ver con el juego. Aunque su estilo de juego, muy físico, le obliga a cuidarse al máximo para prevenir lesiones, el trabajo del manacorense –muy duro para mejorar aspectos como el saque, vitales en las superficies rápidas– lo ha convertido en un jugador completo, aunque aún tiene margen de mejora. Pero sobre todo, Rafa es el tipo que menos errores se permite con los golpes en un partido. Ésa es su gran virtud: no sólo por las pocas concesiones a sus rivales, sino porque obligando al contrario a alargar los puntos, a dar siempre un golpe más, acaba imponiendo su fortaleza mental. Sin embargo, al contrario que Federer, Nadal asume con naturalidad las derrotas y sabe que tendrá nuevas oportunidades. Por eso no le pesa ser el mejor jugador español de todos los tiempos y que su próximo reto, para los escépticos que aún quedan, se eleve a la victoria en la pista rápida de Melbourne o de Nueva Cork: pero no hay que olvidar que Nadal, al contrario que los aficionados, no tiene prisa por acrecentar su lista de trofeos.






