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ROJO SOBRE GRIS

Ver la luna con los ojos cerrados

Fotografía

Por Amalia CasadoTiempo de lectura2 min
Opinión27-04-2008

A veces van diez y a veces van tres, pero las que van llegan con sed de algo más. Ése algo más que se encuentran, también yo lo encuentro con ellas, y pierdo la noción de los años que nos distancian porque en la búsqueda de la verdad las canas son para quienes han desesperado. Lo bonito es que en esa fuente de algo más a la que todas llegamos sedientas nos encontramos cada cuál en su circunstancia vital y con un trecho más o menos largo de la vida recorrido; con más o menos equipaje más o menos pesado, pero compartiendo todas algo que son las ganas de recibir y de dar, y de recibir dando y de dar recibiendo. Nos dedicamos, una noche cada quince días, a disfrutar de forma aparentemente inútil de cosas aparentemente inútiles como pueden ser la música, un cuadro, un perfume o una poesía. Pero “Mujeres peligrosas”, que así se llama este grupo de poesía, es un negocio en el que nos hacemos ricas: ricas por dentro. No es un grupo de poesía tradicional, en el que escribimos y recitamos versos y prosa - que también- sino un grupo de personas –en este caso, de mujeres- que van descubriendo la poesía de la vida, la belleza que entrañan las cosas más cotidianas y las más sublimes, la belleza de lo que hacemos cada día y de lo que otros hicieron antes marcando el camino: una conversación, un trabajo de clase, un interrogante existencial, una norma, un color, un recuerdo, una obra de arte... Nunca había escuchado así Claro de luna, como aquella noche hace una semana. No conocía el origen de esta obra que compuso Beethoven, y que tantos estudiantes de piano sueñan pronto con poder interpretar. El compositor, según se cuenta, estaba sumido en una de sus tristezas, desesperado y a punto de sucumbir, cuando una muchacha que vivía en su misma pensión estremeció su espíritu: “¿Por qué te quejas de no poder oír cuando tienes el privilegio de poder mirar?”- ella era ciega. “Te quejas de tu sordera y no sabes lo que yo daría por ver un claro de luna”. Hay que hacerse ciego para ver; niño para saber; pequeño para crecer; ignorante para aprender; obediente para ser libre y pobre para darse a los demás. Rojo sobre gris para esas mujeres peligrosas que ven la luna con los ojos cerrados y acumulan riquezas que nadie les arrebatará.

Fotografía de Amalia Casado

Amalia Casado

Licenciada en CC. Políticas y Periodismo

Máster en Filosofía y Humanidades

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