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ROJO SOBRE GRIS

Conózcanlas, por favor

Fotografía

Por Amalia CasadoTiempo de lectura2 min
Opinión05-03-2006

Hay un lugar en el mundo que uno no puede morir sin visitar. Está recomendado para todos los públicos, no importa la época del año en que se visite, ni si se va solo o acompañado. No importa qué ropa se lleve, dónde haya nacido, qué ideas tenga. No importa su pasado, ni su futuro, ni el estado de sus cuentas bancarias. No importa si tiene amigos, poder, dinero. No importa si es tímido o atrevido; si es casado o soltero; si es hombre o mujer. No importa si es niño, adulto o anciano. La estancia es austera y acogedora. Te sientas en un banco y la espera es breve. Entonces empiezan a entrar. Todas llevan sandalias. Todas sonríen. Todas te miran, pero no te sientes observado, sino acariciado. Te van saludando con naturalidad mientras se sientan frente a ti en unas bancas algo más bajas que la que tú ocupas. Podrían ser alumnas de una clase de la Universidad. Son muy jóvenes la mayoría, y tan sólo cinco o 6 de las casi 50 pasarán de los 30 años. El resto no aparentan más de 26. A pesar de no conocerlas de nada, te sientes a gusto. Todo está envuelto en un alborozo sereno, en un murmullo perfumado de alegría y felicidad. Querrías quedarte ahí para siempre. En el metro, en el autobús, en el ascensor de casa. Las personas no nos miramos a los ojos y, sin por casualidad se cruzan las miradas, esquivamos para no tener que mantenerlas. Nos encontramos con miradas opacas, con miradas tristes, insolentes, empañadas... con miradas perdidas. Pero las miradas de estas mujeres y niñas son miradas de encuentro. No escrutan, ni preguntan, ni juzgan, ni te increpan. Son miradas que te encuentran, que te acogen y te abrazan. Son miradas que te hacen sentirte único y querido, amado profundamente en lo que eres, como si no les importara nada más que lo mejor que hay en ti. Son miradas limpias, sencillas, maternales y luminosas. Son miradas puras y verdaderas. Sonríen siempre: siempre. Y, sin embargo, nunca resultan falsas. No hay en ellas hipocresía, ni mentira. A pesar de ser tan semejantes, cada una es diferente y lo mejor de sí misma. Éste es el sitio para quien tiene curiosidad por verse frente a frente con lo más semejante a la mirada de Dios que puede haber en el mundo, con lo más parecido al cielo que debe de haber en la tierra. Ellas estarán ahí toda su vida: detrás de esa reja, dentro de esos muros. Libremente. Frente a ellas, uno se pregunta quién está dentro y quién está fuera; quién es libre y quién esclavo; quien realizado y quien reprimido. En Lerma, Burgos, 113 Clarisas de clausura demuestran al mundo que si es Dios el que guía, no hay muro ni reja que cierre el paso la más plena felicidad. Rojo sobre gris para ellas. Conózcanlas, por favor.

Fotografía de Amalia Casado

Amalia Casado

Licenciada en CC. Políticas y Periodismo

Máster en Filosofía y Humanidades

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