LITERATURA
Un hombre de campo convertido en premio Nobel
Por Rafael García
2 min
Cultura20-06-2010
Nadie en su tierna niñez sabe hasta donde puede llegar en un futuro muy lejano. José Saramago no era una excepción. Después de escribir tantas obras y artículos que dieron grandeza a su nombre, en 1998 recibe el premio que más prestigio que una persona puede recibir dentro de la disciplina que trabaje, el prestigioso Premio Nobel.
A sus 76 años recibe este galardón, por sus parábolas sustentadas por la imaginación, compasión e ironía, las cuales nos permiten aprehender continuamente una realidad elusiva, junto a otros grandes de su año como por ejemplo los químicos Waltzer Kohn y John Pople, por el desarrollo de los métodos cuánticos; el político John Hume, que recibió en Nobel de la Paz; y los estadounidenses Robert Purchgott, Louis Ignarro y Farid Murad, por sus trabajos sobre el papel del óxido nítrico en el sistema cardiovascular. Al recibir el premio, dio un discurso como si de una novela pastoril se tratase, con un narrador en primera persona que más tarde desvelaría que era él. Las primeras líneas decían: “El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir. A las cuatro de la madrugada, cuando la promesa de un nuevo día aún venía por tierras de Francia, se levantaba del catre y salía al campo, llevando hasta el pasto la media docena de cerdas de cuya fertilidad se alimentaban él y la mujer.” Estos personajes, característicos de la vida rural eran los abuelos maternos de Saramago a quienes ayudaba en las labores del campo cuando él era muy pequeño. “Mientras el sueño llegaba, la noche se poblaba con las historias y los sucesos que mi abuelo iba contando: leyendas, apariciones, asombros, episodios singulares, muertes antiguas, escaramuzas de palo y piedra, palabras de antepasados, un incansable rumor de memorias que me mantenía despierto, al mismo que suavemente me acunaba”, con lo que dio a entender su afán por estas historias, y concluyó con una frase muy tierna: “Nunca supe si él se callaba cuando descubría que me había dormido o si seguía hablando para no dejar a medias la respuesta a la pregunta que invariablemente le hacía en las pausas más demoradas que él, calculadamente, le introducía en el relato: “¿Y después?.” Ahora esa pregunta concluye algo más que una historia, la vida de uno de los escritores más grandes del siglo XX, que concluyó aquel discurso diciendo: “No tengo, pensándolo bien, más voz que la voz que ellos tuvieron. Perdonadme si os pareció poco esto que para mí es todo”.





