LITERATURA
El literato estaba escribiendo una novela sobre el tráfico de armas
Por Javier M. Fandiño
3 min
Cultura20-06-2010
“Las palabras son sólo piedras puestas atravesando la corriente de un río, si están allí es para que podamos llegar a la otra margen, la otra margen es lo que importa". Pesimista por naturaleza, ateo confeso y comunista hormonal, como él mismo se describía, Saramago dejó su testamento literario resumido en un sólo término: compromiso. El portugués reconocía que “si el mundo alguna vez consigue a ser mejor, solo habrá sido por nosotros y con nosotros". Nunca abandonó el idealismo de construir puentes de piedra a base de palabras, y con ellos acercarnos hacia un mundo mejor.
"La vejez empieza cuando se pierde la curiosidad", reconocía Saramago. Precisamente por eso, su literatura siempre será joven. Caracterizado por la sátira política, el inconformismo, el pesimismo, la denuncia y su revisionismo religioso, a sus 87 años Saramago todavía tenía mucha literatura por delante. Antes de morir, el Premio Nobel portugués mantenía su compromiso con las letras y la sociedad, y se había propuesto realizar una novela sobre el tráfico de armas titulada Alabardas, alabardas, espingardas, espingardas, rememorando un verso de su compatriota Gil Vicente. Y es que tras más de 60 años como escritor, las ideas literarias seguían invadiendo la cabeza del luso. Su andadura en la literatura comenzó pocos años después de casarse, en 1947, con Tierra de Pecado, obra que no alcanzó el éxito deseado. Sin embargo, su consagración no llegaría hasta tres décadas más tarde con la novela histórica Levantado del Suelo (1980), donde denuncia la represión y condiciones de vida de los campesinos del Alentejo en plena dictadura de Salazar, a la que se oponía radicalmente Saramago, y que conformó el marco de otras obras como El año de la muerte de Ricardo Reis (1984). Para entonces el escritor portugués ya había trabajado como administrativo de la Seguridad Social, se había divorciado y había traducido obras de autores como Tolstoi, Maupassant y Baudelaire. Dos años más tarde, Saramago se hizo un hueco en la historia de la literatura portuguesa con la publicación de Memorial del convento (1982), que rechazaba cualquier tipo de convencionalismo con su historia de amor dieciochesca ubicada en plena Inquisición portuguesa. Esta novela daría lugar a una obra de teatro y una ópera, anticipando la estrecha relación que mantendría el autor a lo largo de su vida con “las otras artes”. Este lazo culminaría con la adaptación a la gran pantalla de su novela Ensayo sobre la ceguera (1995) bajo el nombre A ciegas. Su director, Fernando Meirelles, quiso plasmar agónicamente la insolidaridad humana en una sociedad sometida por una extraña epidemia que ciega a la gente. Ya en la década de los 90 aparece un Saramago mucho más reflexivo como muestran sus Cuadernos de Lanzarote (1997), donde analiza a modo de diario el tiempo, el espacio y el ser humano. En esta misma época, muestra mejor que nunca su particular visión sobre la religión en El Evangelio según Jesucristo (1991). Poco antes de recibir el Premio Nobel de Literatura en 1998, Saramago se adentró en un nuevo proyecto, la novela Todos los hombres (1997), en la que el burócrata don José se queda locamente enamorado de una mujer que solamente conoce por la ficha del registro civil y se lanza a la calle a buscarla. Fiel a su ideología comunista hasta la muerte, sus últimas novelas La Caverna, El hombre duplicado, Las intermitencias de la muerte y Caín muestran una sociedad víctima del consumismo y de la pérdida de la identidad individual en contraste con la aparición de una sociedad de masas, una humanidad en conflicto como muestra en El viaje del Elefante, pero donde hay hueco para la ironía, el sarcasmo y la compasión.





