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TOROS

El Periodismo, otra forma de amar la Tauromaquia

Por Almudena HernándezTiempo de lectura1 min
Espectáculos30-11-2008

El periodismo y los toros podrían acogerse a una misma definición. Ambos son una forma de vida. La Universidad, respondiendo a aquella visión que hizo José Ortega y Gasset de abrir la mirada al mundo y relacionar los conocimientos, universalizándolos y ayudando a madurar a las personas, también contribuye desde hace algún tiempo a "madurar" la afición por los toros y la vocación por el Periodismo.

En el Curso de Periodismo Taurino de la Fundación Joselito en la Facultad de Ciencias de la Información se aprenden muchas cosas sobre ese arte efímero que acontece en el ruedo, entre ellas, a lidiar la subjetividad. Se trata de un concepto tan ligado a la opinión que resulta imposible despegar de ese género precioso y peculiar que es la crónica taurina. Decía el maestro Corrochano que el periodista taurino debía ser uno menos en el tendido. En la realidad, ni él ni sus discípulos han podido llevarlo totalmente a la práctica, a pesar de que en las facultades se diga a los futuros plumillas, por activa y por pasiva, que el autor nunca debe ser protagonista de la información. Sin embargo, a los colegas de Corrochano les ocurre lo mismo que a los compañeros de profesión de Curro Cúchares: cuanto suenan los clarines y timbales cada cual, por sí solo, debe enfrentarse al toro que le ha tocado en suerte. En el caso de los toreros el triunfo puede depender del estado de ánimo con el que se encuentre el torero quien, recordemos, es una persona de carne y hueso. Un chaval, que vive rodeado de hombres que le duplican la edad, curtido en la rudeza y el enfrentamiento constante a la muerte, un ídolo, que quizás ha conseguido dinero fácil y al que se le acercan las mujeres y las masas para perdirle un autógrafo, darle un beso o arrancarle un alamar. Los periodistas, además de aficionados, también son personas, por lo que toda esa maravillosa teoría que aprendieron y experimentaron en la redacción se convierte en la práctica en dictar la crónica por teléfono, con ruido e interferencias, enviarla por Internet, limitarse a un espacio y redactarla sin apenas reflexión.