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CRÓNICAS DEL ESPACIO INTERIOR

Maldito teléfono

Fotografía

Por Álvaro AbellánTiempo de lectura3 min
Opinión22-02-2004

El hogar es un lugar de encuentro familiar, un espacio de intimidad donde el fuego de los más cercanos le reconforta a uno consigo mismo. Es también refugio frente a los avatares del exterior y descanso tras la batalla por el pan de cada día. Pero en ese paraíso de intimidad hay algunos elementos invasores, que pueden perturbar o incluso destruir el fuego familiar. El que hoy me ocupa es el más invasivo, el más impertinente, el más adorado (más, incluso, que la televisión): el teléfono. Cuándo éste suena, hasta los bebés más pequeños cobran conciencia de que deben dejar de llorar. Lo han aprendido intuitivamente, pues cada vez que aquel sonido hacía aparición en su reducido universo, todo lo demás se aparcaba hasta el final de la conversación: la televisión enmudece, las conversaciones se interrumpen y el aludido cesa en toda tarea que le ocupara previamente, fuera la que fuera. En los negocios, el teléfono es capaz de destruir la conversación entre el vendedor y el cliente que tiene la deferencia de acudir a la tienda en beneficio de otro que llama desde su oficina o desde su casa. ¿Cómo puede la llamada anónima de quien no se mueve hasta allí tener preferencia sobre quien ha tenido la delicadeza de acudir a tratar el asunto cara a cara? Con semejante actitud invitan a abandonar el trato personal, a renunciar al diálogo personal por una actitud, más cómoda, que consiste en convertir al otro en solucionador electrónico de problemas. Pero sobre el teléfono en los negocios suceden atropellos más graves. En ocasiones aparece un voraz mercantilismo se mete sin permiso en un hogar: irrumpe en el espacio familiar y aparca una conversación íntima o un descanso sagrado para vender algo. Y, de ellos, la especie más desvergonzada y miserable de todas es la que marca el teléfono automáticamente y deja esperando al receptor con un hilo musical, pues el vendedor o sanguijuela de turno considera que su tiempo de trabajo vale mucho más que el tiempo familiar y personal de un posible cliente. Pero si lo más vergonzoso, rastrero y miserable viene del lucro egoísta y desconsiderado, lo más doloroso ocurre entre los conocidos y amigos. Debido a la proliferación del móvil, los hay que cuando descuelgas y te prestas gustoso a atenderles apartando tus amadas ocupaciones, te echan en cara que no lo cogieras antes, se indignan porque les cuesta localizarte o te escupen que tienes un mensaje suyo que aún no has contestado. Eso, cuando llamamos. Que a veces tampoco sabemos recibir las llamadas. Ocurre esto fuera del hogar pero en el mismo espacio de intimidad: cuando nos encontramos con esos amigos a los que apenas vemos, después de hacer por ambas partes verdaderos esfuerzos, pasamos el 80 por ciento del tiempo atendiendo al móvil y el 20 por ciento restante explicando al otro el porqué de las interrupciones. Dicen que aún no sabemos manejar el metalenguaje del correo-e y que aún no lo hemos insertado inteligentemente en nuestras vidas. Sin embargo, la propia estructura del correo electrónico invita a una implantación menos dolorosa, destructiva y problemática que el teléfono, tecnología que tal vez consideramos cotidiana e íntima pero que, desgraciadamente, aún no hemos sabido colocar en su sitio.

Fotografía de Álvaro Abellán

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Doctor en Humanidades y CC. Sociales

Profesor en la UFV

DialogicalCreativity

Plumilla, fotero, coach