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APUNTES DE BANQUILLO

El martirio de Pantani

Fotografía

Por Roberto J. MadrigalTiempo de lectura2 min
Deportes22-02-2004

La muerte de Marco Pantani, al margen de los paralelismos facilones que muchos le han buscado con lo que le pasó dos meses atrás a José María Jiménez, es un aviso de las contradicciones que subyacen a la lucha contra el dopaje. El Pirata puede no haber sido un santo, sobre todo si la investigación para conocer las causas de su muerte determina que se ha suicidado. Pero ni él, ni nadie, puede cargar sobre sus hombros la carga de la culpa que –a menudo sin pruebas– se echa a los deportistas: por uno solo que se dopa, todos están bajo sospecha. ¿Dónde está la presunción de inocencia? No es de extrañar que Pantani, como muchos otros corredores anónimos, que antes de nada son personas, acaben aislados, deprimidos, sin expectativas para retomar su vida. Es muy fácil acusar, pero no lo es tanto devolver la ilusión a una persona. También es grave lo que sucede, pero mientras el objetivo de las federaciones y los comités olímpicos no sea, además de lavar su imagen y perseguir un deporte limpio, velar por el cumplimento de los derechos de esos propios deportistas, se pueden apostar algo a que éste no será el último caso. La mano dura tiene riesgos, entre ellos que se puede acabar fomentando –sin quererlo– las redes de tráfico de sustancias. En Francia lo saben bien: hace no mucho se destaparon las corruptelas de un masajista del equipo Cofidis, Philippe Gaumont –despedido fulminantemente–, y ahora otro ciclista galo, Jean-Cyril Robin, da en la llaga del debate. Hay deportistas que se dopan por su cuenta y riesgo, pero ¿y con las mafias? Además, cuando se consigue que no se haga trampa –aunque sea por miedo a las sanciones, o a los insultos públicos, que es más doloroso–, resulta que los corredores limpios no consiguen victorias y se crea una segunda división de corredores. ¿Acaso son ellos los tontos de la película? ¿Quién investiga la influencia de los patrocinadores, que exigen resultados a toda costa? Demasiadas preguntas sin respuesta, y lo peor de todo, seguramente sin que se quieran responder. Porque como en casi todo, por medio también hay una cuestión de dinero: si los atletas y ciclistas ganaran el sueldo que se embolsan los deportistas de las grandes ligas estadounidenses –béisbol, fútbol americano y baloncesto–, que tienen el derecho de ser competitivos a cualquier precio, aun a costa de no durar más de dos o tres años al máximo nivel, y cada cual carga con sus decisiones, seguro que la situación sería otra. Como siempre, falta por ver quién es capaz de poner el cascabel al gato.

Fotografía de Roberto J. Madrigal