SIN ESPINAS
Plazas Públicas

Por Javier de la Rosa
3 min
Opinión22-09-2003
De nuevo los periodistas tenemos buena parte de la culpa. Mucho más que el resto de la sociedad -aunque no seamos sino parte de ella- porque tenemos la oportunidad de evitarlas o, cuanto menos, de no fomentar una serie de conductas que recuerdan lo animales, irracionales o mal educados que podemos ser los hombres nacidos en esta llamada “civilización occidental”. Si Dolores Vázquez, la muy presunta asesina de Rocío Wanninkhof, ha estado diciendo la verdad durante todos estos años, poco menos que la misericordia de Dios le ayudará a perdonar todo el daño que la sociedad y los periodistas le hemos hecho. No me gusta incluir nunca este tipo de sucesos en la agenda de los informativos de los que soy responsable. Sólo a veces los relego a un breve espacio para dar una información puntual tal como: ya está en la cárcel el asesino por tal o cual asunto; y siempre subrayo su pena. Son noticias que poca o ninguna trascendencia objetiva pueden tener, a no ser que se trate de violencia de género, inseguridad ciudadana o cuya publicación sirva para reivindicar la reforma de alguna ley penal, verbigracia, la ley del menor. Lo demás es alimentar el morbo de la gente, convertir en espectáculo mediático algo tan sagrado como la muerte de una persona o de un familiar querido, permitir que una madre desolada y desesperanza encuentre su válvula de escape -para no enloquecer más- en un plató de televisión. Es de vergüenza ajena ver cómo fomentan nuestros instintos más bajos a costa de observar gratuitamente el sufrimiento de los demás. Los últimos tiempos de la televisión nos tienen acostumbrados a los espectáculos más zafios: personas sin autoestima a las que no les importa someterse a los mayores escarnios públicos a costa de un puñado de euros y un poco de fama -que yo llamaría infamia-. Ni siquiera ellos mismos valoran el honor y sobre todo la dignidad que poseen por su sola condición humana. En la tele ya van por airear los trapos sucios de personas que murieron hace años. Sin embargo, lo de ponerle 500 micrófonos y 300 cámaras a una madre como la de Rocío Wanninkhof que lleva 4 años sufriendo un calvario, es lamentable. ¿Qué puedes esperar que te diga con algo de lógica? He llegado a escuchar a la gente decir que Dolores Vázquez era culpable porque tenía cara de asesina. Una mujer que cada vez que salía por la tele entre gritos y turbamultas tenía más bien cara de estar haciéndose sus necesidades encima. ¿A ver que cara ponías tú en esa tesitura? Todos sabemos que uno es inocente hasta que se demuestre lo contrario pero aquí se habla y se actúa como si los principios del derecho, tan sabiamente contemplados y meditados a lo largo de la historia de la justicia, no sirvieran para nada. La turbas multitudinarias se reproducen a la salida de un juzgado, de una comisaría o de un domicilio. Allí, ante otras 900 cámaras, la gente profiere contra el presunto los insultos más descarnados que se les ocurren, golpean los coches en los que se los llevan, le pegan alguna patada o puñetazo a ver si empieza por ellos el castigo y últimamente hasta lanzan piedras que suelen impactar -como el otro día con Alexander King- en la cabeza del jefe de la policía que se lo llevaba a la comisaría. La involución del ser humano es a veces tan sorprendente que descorazona. Yo como periodista lo tengo claro, mi dedo acusador irá siempre dirigido al responsable jefe que osa mandar a uno de sus plumillas a estos espectáculos y que luego trata este tipo de informaciones como si no fuera con él, el daño que puede generar con su publicación.






