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APUNTES DE BANQUILLO

Seguridad, hipocresía y odio

Fotografía

Por Roberto J. MadrigalTiempo de lectura2 min
Deportes23-03-2003

Observo estupefacto, en estos días de ataques –que no de guerra–, cómo el mundo del deporte –y sus valores universales: convivencia, superación, paz, trabajo, talento, solidaridad…– se apuntan sin remedio, por la vía de un silencio cobarde, a la hipocresía de la seguridad. Recuerden cómo hace un año y medio, con los atentados de las Torres Gemelas, los homenajes se sucedieron con las víctimas. ¿Quién se acuerda ahora de los miles de inocentes –muchos más de los que había en Nueva York– que están muriendo y morirán? Ahora la consigna es el show must go on, el espectáculo debe continuar, para distraer la atención de los verdaderos objetivos del ataque. Nadie quiere reconocer, parece que asuste, que la paz –como avisó hace medio siglo Mahatma Gandhi– es el camino del progreso, nunca la exclusión. El deporte no tiene por qué interrumpirse, no vayan a pensar; es una realidad tan distinta de la guerra, que precisamente por ello me sorprende la actitud intransigente y xenófoba de muchos aficionados, en particular estadounidenses. Hace unos días, la policía tuvo que escoltar a un golfista francés –cuyo país, recuerden, pedía respetar la legitimidad del Consejo de Seguridad– para evitar que el público lo agrediera. Pero lo que en otros casos se plantea, suspender o aplazar las competiciones, ¿es en realidad una solución? Si las actitudes no cambian, sino que con el tiempo se van a hacer más enconadas –como se corre el riesgo–, ¿de qué sirve un cambio de fechas? La respuesta es clara: para justificar una cobardía. En ese aspecto, el deporte –que tomen nota las distintas Federaciones internacionales y el Comité Olímpico Internacional– tal vez sí que deberían constituirse, como pretendió hace un siglo Pierre de Coubertin, en una salvaguarda de los valores y derechos humanos. El ultranacionalismo del que ha hecho bandera la política estadounidense –del mismo modo que se viene dando en Israel desde hace tiempo, con el gobierno de un asesino como Ariel Sharon– es un peligro. El primer paso para la convertir las civilizaciones del amor y la justicia en la cultura del odio que retrataba George Orwell en 1984 –“el poder radica en infligir dolor y humillación”– está dado. La imposición, aunque sea de la democracia, puede conducir incluso a la vuelta de un totalitarismo que creíamos desterrado. El recuerdo de los supervivientes de las guerras mundiales está demasiado fresco: todo comenzó, justamente, al creer las promesas de seguridad y bienestar a cualquier precio. Si ahora esa seguridad se une a pretextos como las intervenciones humanitarias y el desarme –con una ONU a la que nadie quiere reformar para que funcione como es debido–, entonces habrá que dejarse de medias tintas. ¡Sí al amor y a la justicia!

Fotografía de Roberto J. Madrigal