IMPRESIONES
Cuando volvemos el rostro

Por Álvaro Abellán
2 min
Opinión21-01-2016
Vi salir al cura de la iglesia. Sin proponérmelo, resulta que yo estaba en un ángulo privilegiado para percibir un acontecimiento invisible para todos y, especialmente, para el protagonista de la escena: el mudar de nuestro gesto cuando volvemos el rostro. El sacerdote decía a adiós a uno de sus feligreses mirándole directamente a los ojos y esbozando una sonrisa enorme y cálida. Entonces gira su cuerpo 180º para abandonar los umbrales de la iglesia y mi corazón da un vuelco: el rostro del sacerdote cambia tanto de que creo estar viendo a otra persona. Sus ojos dejan de mirar el mundo y enfocan el infinito, su sonrisa se esfuma y cristaliza un gesto adusto, severo, grave, frío.
“Lo primero que llama la atención es la sonrisa. Está en todas partes. Siempre”. Así comienza el periodista Artur Domoslawski la biografía sobre su maestro: Kapuscinski, non-fiction. Dirá muy pronto que esa sonrisa es un recurso, un gesto consciente, una máscara que pronto se convirtió en segunda naturaleza, pues le abría muchas puertas, preservaba sus secretos y dejaba siempre abierta la posibilidad de una retirada.
De mi amiga Irene decían todos que era alegre y que su sonrisa era uno de sus rasgos más definitorios. Otras veces, cuando salías a su encuentro y llegabas junto a ella antes de que captara tu presencia, su rostro escondía un gesto sereno y sus ojos permanecían fijos en algún objeto de otro mundo. Cuando captaba tu presencia, entonces sí, ofrecía una sonrisa a casi cualquiera de sus interlocutores.
Quizá las personas tengamos, con ligeros matices, un rostro para cada ocasión, para cada persona, para cada aquí y ahora. Quizá tengamos rostros sinceros y rostros-máscara. Para estas impresiones, yo daría por auténticas las sonrisas de los tres personajes mencionados. Sonreír conscientemente no significa sonreír falsamente; sólo significa que quieres ofrecer algo, de forma consciente y libre, a tu interlocutor. El rostro que mostra mos a los demás tiene mucho de opción vital, de decisión personal, de configuración de nuestra propia personalidad. Precisamente por eso me interesa, desde otro ángulo, qué cara se nos queda cuando volvemos el rostro.
Cuando nos despreocupamos de que alguien nos esté mirando… ¿Qué cara se nos queda? ¿Reconoceríamos ese rostro como nuestro? No parece claro, puesto que arreglar el rostro es casi lo primero que hacemos cuando un espejo nos enfrenta con nosotros mismos. Y, sin embargo, ese rostro que tenemos frente a nadie tal vez sea –empezamos hablando de un cura– el rostro que tenemos ante Dios, o el rostro que Dios conoce cuando creemos que nadie nos está observando. Cabe, todavía, una última posibilidad: que nuestro rostro esté hecho para mirar y ser mirado, de forma que sólo adquiere su aspecto adecuado frente a otro rostro que también lo mira.






