IMPRESIONES
Feliz cumplimiento

Por Álvaro Abellán
3 min
Opinión06-01-2016
Los aniversarios y conmemoraciones consisten en convertir un día en importante para recordarnos lo que es importante todos los días del año. Así, el balance y los propósitos de año nuevo no son sino una intensificación de lo que ya los antiguos llamaron «examen de vida», tarea que conviene acometer todas las noches si queremos protagonizar todos los mañanas de nuestra vida.
Escribía Rosa Montero (@BrunaHusky) un Aviso a navegantes en su primera columna de 2016. Allí nos confiesa que ayer se acostó teniendo 16 años y que hoy se ha levantado con más de sesenta. Tempus fugit, la vida vuela, ¡ah, cuánto tiempo perdido!, cuántas veces con el cuerpo aquí y con la cabeza en otra parte, cuántos sufrimientos, nervios y angustias inútiles con los que nuestra loca imaginación nos impide vivir el presente cotidiano como una aventura extraordinaria.
Siempre que escucho a alguien decir \"no me arrepiento de nada\" pienso que en realidad no quiere decir eso, que se ha expresado mal, que no es tan idiota o tan arrogante como para pensar que no pudo invertir mejor al menos uno de los minutos que acumula en su existencia. Creo, o quiero crecer, que quien así se expresa quiere decir en realidad algo parecido a lo que nos comparte Rosa Montero: tal vez nuestra existencia nos agrade –tal vez vivamos agradecidos– y tal vez hicimos lo que quisimos hacer… Pero eso no quita que la experiencia nos haga pensar que si tuviéramos más presente el hecho de que vamos a envejecer –y a morir–, igual habríamos vivido las mismas cosas de otra manera.
Hace unas semanas compartí en clase con mis estudiantes universitarios el himno universitario por excelencia, el Gaudeamus Igitur: “Nuestra vida es corta, / en breve se acaba. / Viene la muerte velozmente, / nos arrastra cruelmente, / no respeta a nadie”. Sin duda esta estrofa fue la que les hizo comentarme: “¿Por qué es un himno tan triste? ¡Todo el rato hablando de la muerte!”. Y tienen razón en lo segundo: la muerte asoma en cada estrofa.
Sin embargo, discuto lo primero, y me llamó la atención que no repararan en la primera palabra del himno, que marca el tono del canto: “¡Gaudeamus!”, “¡Alegrémonos!”. Tampoco sirvió para matizar su impresión la cantidad incontable de “¡vivas!” del himno: “Viva la universidad”, “vivan los profesores”, “vivan todos y cada uno de sus miembros”, “viva nuestra sociedad”, “vivan los que estudian”, “viva el Estado y quien lo dirige”, “viva nuestra ciudad”. Ni parecían animarse al escuchar todos los florecimientos que ansía el himno: “Que crezca la única verdad”, “que florezca la fraternidad y la prosperidad de la patria”, “florezca la universidad que nos ha educado”, etc.
Es verdad que cada etapa de la vida nos revela sus propias verdades, pero también es verdad que en otra época –por ejemplo, cuando se compuso el Gaudeamus Igitur- Rosa Montero hubiera sabido ya a sus 16 que la vida vuela. Y quizá hubiera vivido ya desde los 16 de otra forma. Vivir es empezar a morir, pero vivir es, también, empezar a cumplir. Y precisamente porque esta vida no dura siempre, conviene cumplir cada día lo que en cada día nos es propuesto cumplir. Te deseo un feliz cumplimiento en 2016, es decir, un feliz cumplimiento hoy, mañana, pasado mañana…






