ANÁLISIS DE SOCIEDAD
SOS familia

Por Almudena Hernández
3 min
Sociedad11-11-2015
La familia es el bastión, la fortaleza, el refugio de las crisis (de muchas crisis), el primero y último lugar donde acudir. Pero en estos tiempos de individualismo es difícil formar parte de algo que "te ha tocado" y cuya pertenencia no se ha elegido "democráticamente". Y este pensamiento puede que explique muchos de los males actuales. La familia es la que es, siempre imperfecta, tan delicada y demandante de tiempo como necesaria.
La familia existe en todas las culturas, en las distintas religiones, como algo que la gente valora de crucial importancia en sus vidas. Y en España se está desmoronando. Ya no es que las parejas no acudan ante el altar para hacer público su compromiso ante Dios y ante los hombres (también como respuesta contestataria al "a mí nadie me dice cómo hacer las cosas ni en qué creer"), sino que también descienden las cifras de matrimonios por lo civil, como si la nueva "familia" fuese un agregado de individualidades egoístas con la maleta siempre hecha para abandonar el barco.
Cuando dentro de unos años se repita una crisis tan puñetera como la que tanto daño ha hecho a muchísimas familias, España no la superará. Y ya se sabe que las crisis son cíclicas, y que vendrán las vacas famélicas en un tiempo. Los datos lo demuestran por activa y por pasiva: la red familiar ha salvado a muchos ciudadanos de la pobreza y la exclusión severa. ¿Cuántos abuelos han aportado su pensión para alimentar a los suyos? ¿Cuántos préstamos se han concedido entre hermanos? ¿Cuántos hijos idependizados han regresado al calor del hogar paterno? ¿Cuántas bolsas de ropa han cambiado de armario entre personas con la misma sangre?
Cuando dentro de unos años se repita una crisis tan puñetera como la que tanto daño ha hecho a muchísimas familias, España no la superaráDice que el Instituto de Política Familiar (IPF) que desde que se aprobó la Ley del divorcio de 1981 y se facilitaron los trámites para las rupturas, unos tres millones de parejas se han disuelto. Y que en 2014 se celebraron 168.556 bodas pero hubo 110.764 rupturas familiares, lo que supone que, por cada 10 matrimonios nuevos se rompieron siete. Y lo peor, esta situación afecta a 97.000 hijos, de los que la gran mayoría son menores de edad que, cuando crezcan, difícilmente creerán en los vínculos matrimoniales.
Los demógrafos llevan tiempo poniendo el grito en el cielo con el tema de la natalidad, algo que el estudio publicado hace unos días por el IPF también subraya. Cada vez nacen menos niños y cada vez más lo hacen en uniones extramatrimoniales, por lo que dentro de unas décadas, siendo egoístas, si las cosas van realmente mal, esas personas no tendrán una red tan amplia donde acudir: ni bastión, ni fortaleza, ni refugio.
La familia se extingue. Y la culpa es de todos. De los políticos, que la ignoran en sus iniciativas y sus programas quedan en papel mojado. La situación también es responsabilidad de los educadores, que imponen la discriminación positiva a otras realidades mientras la mayoritaria se aborda como si fuese algo raro. Y por supuesto, esa exclusión de la familia también se debe a los medios de comunicación (mea culpa), que redactan titulares dedicados a las excepciones mientras el heroísmo cotidiano queda relegado a un breve en el mejor de los casos.
Y la situación también es responsabilidad de todos aquellos que aún tienen algo que contribuir para que la familia, sellada o no por un rito religioso, sea la cuna de personalidades fuertes y seguras, de valores y amor, donde el sacrificio y el respeto sean piedras angulares. Si no se colocan desde casa, el arco de la sociedad se irá al suelo. Y luego a ver quién lo levanta.
Seguir a @AlmudenaHPerez

Almudena Hernández
Doctora en Periodismo
Diez años en información social
Las personas, por encima de todo






