SIN CONCESIONES
Las ratas del barco

Por Pablo A. Iglesias
4 min
Opinión18-09-2013
Cuando el barco se hunde, las ratas son las primeras en salir corriendo. Los parásitos huyen enseguida para buscar otro cuerpo al que chupar la sangre como sanguijuelas. Cierto es que España no atraviesa su mejor momento económico y que la crisis ha obligado a las administraciones públicas a emprender toda clase de recortes sociales. Pero la debilidad económica del país no es motivo suficiente para que las comunidades autónomas reivindiquen su propia soberanía y en casos como el de Cataluña pongan en marcha procesos independentistas. Cuando hace un año la Diada congregó a un millón de personas en las calles de Barcelona para reclamar la separación de España se adujo la crisis económica como clave principal. Cataluña estaba inmersa en una espiral de recortes para cumplir el objetivo de déficit fijado por la Unión Europea y Artur Mas era el primer interesado en abandonar el barco para no hundirse junto al Ejecutivo de Mariano Rajoy, que entonces trataba de esquivar como podía la amenaza de un rescate a la griega y que parecía asfixiarse en su propia soga con tantas reformas encaminadas a disminuir el gasto público. Ahora nadie tiene duda de que el motivo económico fue una excusa barata para alentar el ansia independentista en las calles y extender el falso eslogan de "España nos roba". El nacionalismo es como una tenia que se introduce en el intestino del Estado para engullir todos los recursos posibles sin límite ni descanso. Siempre quiere más. Y más. Y más... Cataluña reclama ahora un referéndum independentista para tapar las miserias de la gestión política y económica de Artur Mas. Sirve de señuelo y táctica de despiste pero la realidad es que el estómago del nacionalista siempre está vacío porque devora en cuestión de segundos todo lo que ingiere. Ha pasado muy poco tiempo desde que Cataluña aprobó en 2006 por referéndum un nuevo Estatuto que los propios políticos catalanes presentaron como el marco de convivencia para una generación entera, como una alianza entre España y Cataluña para 30 años. Seis años después el nuevo estatuto ya no le sirve a nadie porque ahora se quiere directamente la secesión. Queda confirmado que el nacionalismo es insaciable. Es un perro que siempre gruñe por muchos huesos que le den cada día. Es un perro desleal que muerde a su propio dueño. Es un perro lleno de pulgas que sólo sirve para contagiar de parásitos al resto de la perrera. Por suerte, ni todos los catalanes son nacionalistas ni todos los nacionalistas son tan irresponsables como Artur Mas. Resulta divertido y paradójico que la Generalitat proponga ahora un diálogo al Gobierno de Rajoy para consensuar la convocatoria de una consulta ciudadana ilegal. Es difícil confiar en quien de manera constante incumple su propia palabra y en quien sólo respeta a quien le concede sin rechistar todo lo que exige con lloros y amenazas más propios de un pequeño caprichoso que de un gobernante adulto. El disparate llega al punto de situar a Cataluña al borde de su exclusión de la UE, de su salida del euro y de su equiparación a una región irrelevante como Kosovo. ¿Ese es el futuro que Artur Mas quiere para Cataluña y el futuro que los catalanes anhelan para sí mismos? El dicho sostiene que dos no discuten si uno no quiere y el Gobierno de Mariano Rajoy ha demostrado con paciencia infinita durante el último año que no quiere disputas políticas y sociales con Cataluña. Pero Artur Mas sigue empeñado en romper España después de 500 años de historia en común. Se cree el mesías que liberará a su pueblo de un sometimiento falso e imaginario. Porque la historia de Cataluña en España es la de un éxito constante, aunque se base en chupar la sangre al Estado para su propio beneficio. El Gobierno de Rajoy no es quien debería parar los pies a la Generalitat. Tendrían que ser las 16 comunidades autónomas restantes las que levantasen la voz para gritar "basta ya" a tanto chantaje. Las demás comunidades y los españoles del resto del país son los que más pierden con esta batalla. Y los que más hartos deben estar al ver cómo las ratas tratan de abandonar el barco, aunque al final siempre se quedan dentro porque fuera están condenadas a ahogarse en un océano de agua salada.
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Pablo A. Iglesias
Fundador de LaSemana.es
Doctor en Periodismo
Director de Información y Contenidos en Servimedia
Profesor de Redacción Periodística de la UFV
Colaborador de Cadena Cope en La Tarde con Ángel Expósito






