IMPRESIONES
Educación, política y libertad
Por Álvaro Abellán
3 min
Opinión19-03-2013
Sin focos, sin grabadora, sin argumentario político. Tuve la oportunidad de conversar hace unos días con un ex ministro del Partido Popular que actualmente está retirado de las acciones de gobierno y del partido. Fue una gozada, porque al dejar a un lado los intereses de partido y los intereses mediáticos, desaparece todo el ruido que genera la desconfianza y la estrategia, y aparecen las personas, totalmente presentes, totalmente ellas mismas, en plena franqueza humana. Así, es muy fácil el encuentro. El encuentro entre dos personas preocupadas por el presente y el futuro de su país. O, dicho con más palabras, pero más encarnadas y auténticas, preocupados por la actual estructura política, social, mediática y cultural que afecta gravemente al desarrollo personal y social de quienes vivimos en España, seamos padres, hijos, jóvenes, ancianos hombres, mujeres, emprendedores o asalariados. Todo empezó con una conversación informal sobre educación. Pero la educación bien entendida exige llegar a la política, y la educación y la política bien entendidas son en sí mismas una praxis de la libertad. O, dicho de otra forma: o la educación y la política son acciones que nos hacen libres (que encauzan nuestra tarea de llegar a ser los que somos), o no merecen ese nombre. Mi punto de partida era que el actual sistema educativo forma esclavos, no hombres libres. Es un sistema educativo para los serviles, que premia a quienes hacen exactamente lo que el profesor (o el sistema, o el Estado) dicta y cercena toda expresión de libertad, creatividad o valor no reglado. Quien quiera ver en mí a un anarquista, podría hacerlo. Sin duda, mis propias palabras, reducidas a un total de televisión o a un titular de periódico y escuchadas por quien no me conoce, bastarían para etiquetarme de antisistema. Él me respondía, con toda la razón, que aprender a convivir significa aprender a acatar unas normas, aunque no nos gusten, y que la posibilidad de mantener la convivencia pasa porque todos los cambios que queramos promover se hagan a partir de esas normas, desde ese sistema de convivencia previamente asumido. Como ustedes ya saben que hablo de una persona del Partido Popular, seguramente estén rellenado ya los huecos, y se acuerden de “tópicos” como la Constitución, el terrorismo, los independentismos, etc. Pero la conversación no iba de eso, sino de algo mucho más profundo: de que todos -no sólo los políticos, o la policía, o los jueces- somos responsables de garantizar la convivencia social. No dejamos de discutir sin, en el fondo, dejar de estar de acuerdo. Porque la discusión profunda y radical, pero auténtica, se fundamenta en algo anterior, subyacente, que es el querer convivir con aquel con quien discutimos. El debate político y mediático de los últimos años, sin embargo, tiene por objeto desacreditar, destruir, aniquilar a aquel con quien discutimos. Y los dos nos lamentábamos de esto último. En la política, el reto es amar, cuidar y tratar de mejorar las normas que hacen posible la convivencia, aun cuando eso nos suponga renunciar a algunos intereses particulares. En la Educación, tarea que se inicia antes, pero que dura toda la vida, la tarea es adquirir conciencia de que heredamos un mundo y una propuesta que exige nuestra participación activa y nuestro compromiso personal para hacerlo nuestro y mejorarlo. Si el sistema educativo no nos invita a participar activa y creativamente en mejorar nuestra propia vida (si no a asumir lo ya pensado por otros), ¿cómo vamos a empeñarnos luego en la tarea política de querer mejorar no ya nuestra vida, sino nuestro mundo?






