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IMPRESIONES

El nacionalismo y la destrucción de un pueblo

Fotografía

Por Álvaro AbellánTiempo de lectura3 min
Opinión27-11-2012

Escribo poco sobre nuestros nacionalismos -así, con todo el cariño- porque me parece una realidad muy delicada. Cuando discuto sobre la organización territorial de España con amigos que han mamamo el nacionalismo catalán o vasco -que los tengo-, su argumento es que no les entendemos. Estoy de acuerdo, del mismo modo que ellos no me entienden a mí. No obstante, hay una cosa que sí entiendo, porque nos lo ha enseñado sobradamente el siglo XX. Lo que entiendo es que las ideologías, y el nacionalismo es una de ellas, dividen y destruyen a los pueblos desde dentro. Las comunidades humanas -como la familia, el pueblo o la patria- son muy difíciles de aniquilar. Se pueden atacar, pisotear, debilitar… pero todas esas acciones sólo sirven para fortalecer sus lazos y sus convicciones. Su muerte física puede ser, incluso, su supervivencia e inmortalidad espiritual. Atacar una comunidad humana es hacerla más fuerte. El mayor aliado del nacionalismo catalán es el españolismo, y eso Mas y compañía lo saben y usan de maravilla. La mejor forma de acabar con una comunidad humana es lograr su debilitamiento interior. El derrumbamiento moral es la explicación que dan los historiadores a acontecimientos insólitos como el que cuatro bárbaros destruyeran Roma o el que seis españoles y tres portugueses se apropiaran de un continente entero. La destrucción interior e incruenta de los pueblos, en pleno siglo XXI, se consigue mediante las ideologías. Los medios de comunicación y el poder político –la educación, la burocracia, etc.- son el mejor medio para que un puñado de personas puedan apropiarse de un pueblo y de sus recursos. A veces, legalmente. Otras, tapando toda la corrupción ilegal y culpando de falsas acusaciones al enemigo exterior. La ideología es esa concepción de la vida humana simplificada, tosca y utópica que distingue entre buenos y malos, dividiendo a un pueblo desde dentro, enfrentando a hermanos y enardeciendo los instintos primarios. “Los ideólogos no profundizan en los temas que tratan, no se someten a verificación alguna. Se presentan con ímpetu visionario de profetas laicos. Se asientan únicamente en la firmeza con que hacen promesas para el futuro. […] Al no ajustarse a la realidad, las ideologías sólo pueden ser inoculadas a las gentes de dos formas: por la violencia o por la astucia, y se entra en el campo de la manipulación ideológica”. Así escribe mi maestro López Quintás sobre el desarrollo de las ideologías en La revolución oculta. El planteamiento de Artur Mas no es especialmente original, o distinto, o más nocivo que el de nacionalismos y nacionalistas anteriores. Él es un peón más en la maquinaria ideológica. Es tan autor como víctima de sus propios planteamientos. Mantenerse ciegamente en la lógica de su discurso le ha llevado hasta aquí. Y ese “aquí” es la sociedad catalana más fragmentada y dividida de la democracia. Se hace necesario, dice ahora, un periodo de reflexión. Concuerdo. Y esa reflexión sólo puede concluir de dos formas: o reafirma su lógica actual, que conlleva fracturar aún más la sociedad y aniquilar a los que no se sumen a sus tesis; o propone una lógica de la integración, que empieza no ya por la relación de Cataluña con el resto de España, sino por el rearme moral de los propios catalanes entre sí. Una u otra lógica dependen de esta pregunta: ¿Al servicio de quién pretende gobernar Mas?

Fotografía de Álvaro Abellán

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Doctor en Humanidades y CC. Sociales

Profesor en la UFV

DialogicalCreativity

Plumilla, fotero, coach