¿TÚ TAMBIÉN?
Renoir

Por Álvaro Abellán
2 min
Opinión16-01-2011
Hay quien sostiene la tesis de que todo artista-genial tiene un lado oscuro, maldito. Los ejemplos más habituales son los de pintores y músicos. Siempre me pareció un tópico romántico pero, precisamente estos días en que podemos disfrutar de algunos de los mejores Renoir en el Prado, he encontrado a un autor que lo desmiente con rotundidad. Mientras sus amigos impresionistas se volcaron en paisajes o bodegones (sin personas) o en escenas lúgubres (funerales) o melancólicas (paseo por el campo), este hombre feliz y sencillo (pasó penurias económicas y tuvo artritis, pero no fue un “infeliz sufridor” ni llega de lejos a la categoría de “maldito”) prefirió siempre los rostros, los retratos de amigos, las escenas de mujeres sensuales, las fiestas, los bailes, las bodas… Cuando nacieron los postimpresionistas y emergía el cubismo, cuando todos hablaban del arte por el arte, el se definía como un humilde pintor, un hombre de oficio, sencillo, sin más pretensión, que era feliz y que no podía hacer otra cosa sino pintar. Hay quien lo le considera un genio, porque quizá su obra tiene menos “personalidad” (menos rarezas, diría yo) que la de otros. Sin embargo, la personalidad de su obra está en prestársela a la alegría y a la personalidad de sus retratados. Usa la técnica al servicio de lo pintado y no es fácil encontrar un mejor retratista que él. Fue provocador y no reconocido en sus principios, y sus obras me parece que anticipan la ironía y la participación del espectador que buscarán más tarde los modernos. Enlazo uno de sus primeros cuadros: El Paclo, 1874. Me parece genial, en primer lugar, por la ejecución pictórica: el rostro de ella reforzado en su sonrojo por la flor; el modo de pintar el vestido en contraposición con el modo de pintar el rostro, el fundirse de los dos personajes en ese negro intenso de sus ropajes… Pero es genial, también, por la intención y la ironía: la dama del palco nos mira y nos busca mientras su acompañante permanece distraído (su afán por mirar lejos le roba el encuentro cercano), sin percatarse de la intimidad que nosotros, supuestos espectadores, ganamos con su dama. Sencillo, hermoso, divertido y sugerente. Un artista que en cada cuadro nos abre una ventana hacia ese lugar donde la vida se ensancha.






