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San Jorge, el dragón, la rosa y el libro

Por Álvaro Abellán
3 min
Opinión19-04-2010
Poco sabemos de San Jorge. La historia más verosímil es la siguiente: hijo de Geroncio (un oficial romano) y Policromía, nació a finales del siglo III y siguió los pasos de su padre. Gracias a su carisma, llegó a tribuno antes de cumplir los 30 años. El emperador Diocleciano ordenó la persecución de los cristianos y él decidió revelar su condición de creyente y criticar al emperador por su decisión. Dado su carisma, el emperador ordenó torturarle (cosa que sufrió sin emitir una sola queja) y, finalmente, ejecutarle. La tortura tenía una función ejemplarizante (disuadir a otros de la idea de ser cristianos), pero la entereza de la fe de un San Jorge que no llegó a cumplir los 30 llevó a la conversión de, al menos, dos mujeres que presenciaron dicha tortura: la emperatriz Alejandra y una sacerdotisa pagana cuyo nombre no conservamos. Los dictadores siempre olvidan que su nombre palidecerá siempre al lado del de quien ellos convirtieron en mártires. San Jorge sería canonizado 200 años después de su muerte y es hoy venerado como patrón de los oprimidos. Quizá fue esa la razón que inspiró la leyenda de un San Jorge a caballo (que representa a la Iglesia) venciendo al dragón (encarnación del mal) y liberando al pueblo. El día del libro fue una iniciativa del rey español Alfonso XIII y el día escogido fue la muerte de Cervantes (entonces se creía que murió el 7 de octubre). Más tarde, mudó la fiesta al 23 de abril, fecha del entierro de Cervantes y de la muerte de William Shakespeare (según el calendario juliano, que no coincide con el actual). La fiesta arraigó rápidamente en Barcelona, cuyo patrón es San Jorge, por lo que pronto se mezcló la tradición de regalar una rosa y un libro entre las parejas de enamorados. Armas y letras, galantería caballeresca y literatura, otra vez juntos, como en el mismo Quijote. En 1996, bajo el patronato de la UNESCO, se celebró el primer día internacional de libro, con el objeto, no sólo de patrocinar la lectura, sino de proteger la propiedad intelectual. Pero el pueblo es sabio, y si bien ha acogido lo primero con alegría, también ha olvidado (y sin rencor) la pretensión mezquina del segundo objetivo. La popularidad de San Jorge, mezclada con otras leyendas (medievales cristianas, islámicas, orientales…) se ha extendido por todo el planeta. Su vinculación providencial con el día del libro actualiza el ideal renacentista recogido por Cervantes en El Quijote: “que nunca la lanza embotó la pluma, ni la pluma la lanza” (I, XVIII). Eso nos recuerda cómo la acción y el discurso no sólo no se oponen, sino que en la medida en que están vinculados la palabra nunca es sólo mera palabra, ni la acción, acción ciega. Y el discurso y la acción encuentran ambas su mejor expresión en el amor; pues hombres de letras enamorados, dispuestos a entregar la vida por proteger a los indefensos, son la mejor guardia de elite que ha de tener ese lugar donde la vida se ensancha.






