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SIN CONCESIONES

El pecado de la arbitrariedad

Fotografía

Por Pablo A. IglesiasTiempo de lectura3 min
Opinión23-11-2008

"Acto o proceder contrario a la justicia, la razón o las leyes, dictado solo por la voluntad o el capricho". Así se define la arbitrariedad, ese doble pecado que comete el ser humano al causar daño a los demás y actuar de manera egoista. El hombre que intenta beneficiarse a sí mismo con la toma decisiones es arbitrario. El padre que castiga a una hija cuando la culpa la tiene el hijo es arbitrario. El profesor que expulsa de un examen a quien recibe un bolígrafo de un compañero es arbitrario. El jefe que abronca a todos los trabajadores porque uno de ellos llega tarde es arbitrario. El empresario que determina los ascensos por amiguismo, en lugar de por valía, es arbitrario. El político que actúa a conveniencia en cada momento sin importarle las consecuencias es arbitrario. El presidente de un gobierno que adrede perjudica a su país es arbitrario, además de irresponsable e insensato. Por desgracia, el mundo está repleto de arbitrariedades y de gente que ha convertido la arbitrariedad en su único principio de actuación. Caídos muchos de los valores clásicos, ser arbitrario suele ser un modo rápido de triunfar. Y claro, así llegan los abusos y las incoherencias. Sólo así puede calificarse que hace dos años hubiera que vender Endesa a Gas Natural para conformar un gigante energético español y después se acabara regalando a la italiana Enel en lugar de la alemana E.ON. La razón no podía ser más arbitraria: era mejor que la controlase un amigo socialista como Romano Prodi a una conservadora como Angela Merkel. El problema ahora es que Prodi ya no está e Italia vuelve a tener como presidente a Berlusconi. Con Repsol se repite la arbitrariedad. Una semana se niega una venta a la rusa Grazprom y a la siguiente se admite a su compañera Lukoil. Poco importa que España pueda perder otra empresa energética de gran trascendencia cuando hay que devolver favores a amigos como Luis del Rivero. Menos mal que este era el Gobierno de los pobres, los obreros y las clases medias. El número de desempleados crece en España día tras día mientras Zapatero arregla los problemas económicos de ricachones como Botín, Brufau y Fainé, entre otros. Por arbitrariedades no será. Hace cuatro años se retiraron las tropas de Iraq porque era una guerra y se mantuvieron en Afganistán por tratarse de una misión de paz. Ahora, a la ministra Carme Chacón no le ha quedado más remedio que admitir la realidad y prepara un incremento de soldados en este país como favor diplomático a Estados Unidos. Se trata de otra guerra iniciada por el denostado Bush que milagrosamente se ha convertido en solidaria en el momento en que Obama ha ganado las elecciones a la Casa Blanca. Otra arbitrariedad más de un Gobierno tan incoherente e insensanto como vetar que el Congreso de los Diputados coloque una placa recordatoria en el edificio que vio nacer a la santa Maravillas. Igual de arbitrario que negar la crisis económica en pleno mes de julio y admitirla a la vueltra del verano. Zapatero afirmó en septiembre que no hacían falta medidas económicas y en dos meses ya ha aprobado media decena de decretos. No fue arbitrario, sino una vulgar mentira, prometer en plena campaña electoral que no se cambiaría la ley del aborto y emprender su reforma tres meses más tarde. La arbitrariedad es un peligroso defecto en un gobernante. Demuestra que no tiene plan ni más programa que actuar en cada momento según su interés personal. Supone hacer un día una cosa y al otro la contraria. Implica olvidarse del bien común para pensar en sí mismo. Es creer que el poder es un mero instrumento para satisfacer su ego y sus antojos. La arbitrariedad tiene como base la injusticia y es el camino hacia la mentira, la prevaricación, el cohecho y la corrupción.

Fotografía de Pablo A. Iglesias

Pablo A. Iglesias

Fundador de LaSemana.es

Doctor en Periodismo

Director de Información y Contenidos en Servimedia

Profesor de Redacción Periodística de la UFV

Colaborador de Cadena Cope en La Tarde con Ángel Expósito