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ANÁLISIS DE ESPAÑA

Cuestión de gestos

Fotografía

Por Alejandro RequeijoTiempo de lectura4 min
España27-07-2008

Cuando Zapatero aun ejercía de pancartero y las mangas de los trajes todavía le quedaban largas, sus asesores le recordaban siempre que, cuando fuese a visitar a Aznar a La Moncloa, esperase a llegar al último peldaño de la escalinata para estrecharle la mano al ex presidente. De este modo, ambos estarían a la misma altura en el momento clave de la foto. Corría el rumor de que Aznar, consciente de su inferioridad de talla, solía tender intencionadamente la mano a sus invitados antes de que culminasen el recorrido. Trataba así de disimular la casi siempre inevitable diferencia de altura. A partir de ahí, el tradicional apretón de manos en la entrada del palacio presidencial ha terminado por convertirse en un campo de batalla en el que asesores de unos y otros ponen a prueba sus estrategias. Y los dirigentes llevan el guión tan bien aprendido que esos escasos segundos de saludo inicial han dado escenas en algunos casos tan poco ortodoxas como la de los Príncipes de Asturias celebrando un gol de la selección. Las nueve veces que se han encontrado Rajoy y Zapatero en ese lugar se han visto manos al aire que no recibían respuesta, carreras por ver quien llegaba antes arriba … al final, mucho cálculo y poca sonrisa. Es ahora, en el mundo de las nuevas tecnologías donde se cierran acuerdos millonarios por teléfono móvil, donde se echa de menos vía mail, donde algunos se enamoran por Internet o se declaran el divorcio por fax, cuando uno aprende a apreciar el valor de un apretón de manos o el intercambio de una mirada sincera. Gestos que, o bien denotan al instante las intenciones de quien tienes delante, o que condicionan para bien o para mal el encuentro que tendrá lugar a continuación. Esta vez, Zapatero pareció dejar a un lado los cálculos y recibió a su rival directamente a los pies de la escalinata. Ambos se saludaron deportivamente y del mismo modo, sin carreras, enfilaron los escalones para saludarse y sonreír de nuevo al final. Los gestos son lo que son y su significado acaba donde comienzan los hechos, pero al menos por una vez, el citado apretón fue premonitorio de lo que pasaría después. Rajoy y Zapatero terminan el curso con el inicio de una legislatura en la que muchas cosas han cambiado. Para empezar sus respectivos partidos. Aunque ellos reivindiquen que quien ha cambiado es el otro, lo cierto es que ambos lo han hecho. Unos por que han dejado de especular con cuestiones tan serias como el terrorismo o el modelo de Estado. Mientras antes el diálogo era una opción válida para terminar con ETA, ahora son las detenciones de importantes miembros de la banda lo que ocupa las tareas del Gobierno. Cuando antes el plan Ibarretxe era una propuesta digna de ser debatida en el Congreso, ahora un desafío similar del lehendakari es una tozudez cuyo único destino es el Tribunal Constitucional. Por su parte, los populares han aprendido la lección después de dos derrotas consecutivas y han asumido que hay ciertos temas en los que no vale todo a la hora de hacer oposición. En los meses que van de legislatura, el PSOE ya ha comprobado lo que es estar sólo en el Congreso y el PP lleva en esa situación unos cuantos años. Por eso ambos partidos están condenados a entenderse al menos en cuestiones clave. Exactamente lo que materializaron Rajoy y Zapatero tras su último encuentro: acuerdos importantes en materia antiterrorista o en la renovación de la Justicia. Como asignatura pendiente queda la Economía. El presidente parece haber aceptado el duelo, ya que la falta total de sintonía en torno a este asunto lleva a pensar que ambos jugarán muchas de sus bazas intentando imponer su criterio en la temida crisis. Hace unos días se público una fotografía entre el Rey y Adolfo Suárez. Era perfecta. Dos amigos caminan por un jardín. Uno le pasa el brazo por encima al otro en señal de afecto inequívoco o de protección. El otro aparece girado levemente como si por un momento nada en él hubiese cambiado en treinta años. Están de espaldas y caminan hacia ninguna parte, como anunciando, sin hacerlo, el final de algo que ya no volverá. Parece -y es- una despedida. Como el fin de una película a la que ya sólo le falta el letrero de The End para terminar de dejar con buen sabor de boca a todos. Lo suyo fue un final feliz tras un viaje agitado. Un final exitoso fruto de dos personas que quisieron y supieron mirar más allá de las próximas elecciones. Lo suyo fue una relación de gestos y apretones de manos sinceros desde el principio. Que cunda el ejemplo.

Fotografía de Alejandro Requeijo

Alejandro Requeijo

Licenciado en Periodismo

Escribo en LaSemana.es desde 2003

Redactor de El Español

Especialista en Seguridad y Terrorismo

He trabajado en Europa Press, EFE y Somos Radio