ANÁLISIS DE ESPAÑA
Cobardes

Por Alejandro Requeijo
3 min
España23-03-2008
Cobarde: Pusilánime, sin valor ni espíritu. Pese a que el diccionario emplea esta acepción para explicar la palabra, en la vida real existen muchas formas de demostrar cobardía. Está la del pistolero que por la espalda asesina a un padre ante la mirada de su hijo. Sólo por cometer el error de pensar diferente. Estos cobardes son los mismos que intentan imponer por la violencia y el miedo lo que no son capaces de hacer mediante la palabra. ETA ha vuelto a presentar sus credenciales en el inicio de la recién estrenada legislatura con un atentado en la localidad riojana de Calahorra. No hubo víctimas, pero es la forma que tiene la banda de recordar que pueden y que quieren volver a matar. Es su forma de advertir de que siguen ahí con las mismas intenciones, métodos y fines que hace cuarenta años. Luego está el cobarde que se esconde. El chivato, el vago que oculta su absoluta incompetencia con mentiras, su negligencia con acusaciones falsas. Al ex ministro de defensa Federico Trillo le dieron la oportunidad de acudir a la Audiencia Nacional a declarar como testigo –no como acusado- en la causa relacionada con la fraudulenta contratación del avión Yakolev-42. Aquel cuatro latas con alas a buen precio que acabó con la vida de 62 militares españoles cuando volvían de su misión en Afganistán. En lugar de dar la cara, en vez de tener un gesto de compasión con las familias de las víctimas –las únicas que de verdad quieren saber lo que sucedió-, Trillo cobardemente prefirió contestar las preguntas desde casa. En su cuestionario no reconoce ningún tipo de culpa. Toda ella la tienen los mandos militares y él, como ministro, como responsable de todo lo que pasase en su casa, no tiene ninguna responsabilidad. A estas alturas Trillo ya no sorprenderá a nadie. Y es que esa es otra forma de ser un cobarde. Una de las peores. Es la cobardía del orgulloso. El que es incapaz de reconocer que se equivocó, sólo para evitar que los de enfrente le digan te lo dije. “Volvería a hacer lo mismo”, dice Aznar cinco años después de la invasión de Iraq. Añade que, “aunque la situación no es idílica, sí es muy buena”. Tal ejercicio de pornografía moral quedó rápidamente en evidencia. La misma mañana en la que el ex presidente zapateaba así sobre la memoria de los cientos de miles de personas muertas desde aquel marzo de 2003, un nuevo atentado terrorista acababa con la vida de otras 36 más en Kerbala. “El mundo está mejor sin Sadam Hussein y sin los talibanes”. Miente y lo sabe. Primero porque los talibanes siguen causando el terror entre la población de Afganistán y segundo porque, aunque uno y otro escenario no son comparables, lo cierto es que ahora el mundo no es más seguro. Más bien todo lo contrario. Y a eso contribuyó en gran medida que la solución para poner fin un tipo de violencia fuese más violencia. “Mi convicción, mi conciencia y mi mente están limpias” remata Aznar, que vuelve a mentir. Él sabe que no volvería a tomar la misma decisión que hace cinco años. Pero lo peor de todo es que no lo haría por las decenas de miles de personas asesinadas, no por las miles de familias rotas, no para evitar el clima de inestabilidad y caos en el que se vio sumido Iraq tras la invasión. Tampoco lo haría por evitar la radicalización del odio musulmán hacía Occidente, ni porque su guerra fuese ilegal y no estuviese avalada por la ONU. Ni siquiera lo haría porque la gran mayoría de la sociedad española tomó la calle para decir No a la guerra o por que la historia le recordará por aquella infame foto de las Azores. Lo peor de todo es que Aznar no repetiría el error de llevar a España a una guerra por intereses para no perder las elecciones. Pobre pusilánime sin valor ni espíritu… ni respeto por el sufrimiento ajeno.
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Alejandro Requeijo
Licenciado en Periodismo
Escribo en LaSemana.es desde 2003
Redactor de El Español
Especialista en Seguridad y Terrorismo
He trabajado en Europa Press, EFE y Somos Radio






