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Bautismo y resurrección

Fotografía

Por Álvaro AbellánTiempo de lectura2 min
Opinión23-03-2008

“He resucitado y siempre estoy contigo”. Así comienza la Vigilia Pascual que celebra la resurrección del Hijo de Dios cada Sábado Santo al caer del sol, uno de los ritos más antiguos de la liturgia católica. La tradición interpreta que son las palabras del Jesús resucitado a su Padre. Es tradición que los catecúmenos que han culminado su formación sean bautizados esa misma noche. En cierto modo, ellos también pueden decir: “He resucitado y estoy contigo”, pues eso significa el Bautismo: hacerse uno con Jesús, acompañarle en su viaje cósmico por la tierra, las alegrías y las penas, la muerte… y la resurrección. Benedicto XVI se dirigió en su homilía de este año a los siete catecúmenos que acababa de bautizar -uno de ellos fue musulmán-, con un mensaje muy preciso: “El resucitado viene y une su vida a la de ustedes, introduciéndolos en el fuego vivo de su amor. Formen una unidad, una sola cosa con Él, y, de ese modo, una sola cosa entre nosotros”. Porque “el Bautismo es más que un baño o una purificación. Es más que la entrada en una comunidad. Es un nuevo nacimiento, un nuevo inicio de la vida”. Por eso, las palabras del resucitado no son sólo para el Padre. También a cada uno de los bautizados les dice: “He resucitado y siempre estoy contigo”. Ese nuevo nacimiento, no obstante, se concreta en vida de comunidad. Los bautizados “no son realmente nunca ajenos los unos a los otros”, aunque les separen culturas, continentes o siglos de historia, porque, cuando se encuentran, se reconocen “en el mismo Señor, la misma fe, la misma esperanza, el mismo amor” y se saben enraizados en “la misma identidad, a partir de la cual todas las divergencias exteriores, por más grandes que sean, resultan secundarias”. Y esa identidad es ser Hijos de Dios, hermanos de Jesús, seguidores de quien dijo: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado [hasta la muerte], pues en eso reconocerán que sois discípulos míos”. “Por medio de la resurrección de Jesús el amor se ha revelado más fuerte que la muerte, más fuerte que el mal. El amor lo ha hecho descender [encarnarse, sufrir, morir y bajar a los infiernos] y, al mismo tiempo, es la fuerza con la que Él asciende [y lleva consigo a quienes ama y le aman, desde el infierno, la muerte, el sufrimiento y la tierra, a la resurrección y la vida de intimidad trinitaria de Dios]”. Esta luz del bautismo que nos anticipa ya en cierto modo el Reino de Dios en la tierra -¡qué paraíso es vivir en una comunidad cuya máxima es el amor fraterno!-, no es más que la antesala de ese lugar donde la vida se ensancha. Porque ese “paraíso”, por bueno que sea, no está exento de errores, traiciones, sufrimientos y muerte. No podemos ni imaginar cómo será ese lugar cuando errores, traiciones, sufrimientos y muerte sean superados, cuando llegue, ya definitivamente, el día de nuestra Resurrección.

Fotografía de Álvaro Abellán

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Doctor en Humanidades y CC. Sociales

Profesor en la UFV

DialogicalCreativity

Plumilla, fotero, coach