SIN CONCESIONES
Morir, vivir o resucitar

Por Pablo A. Iglesias
3 min
Opinión23-03-2008
Me ha dejado estupefacto la reacción de los políticos franceses tras la muerte de Chantal Sébire, la mujer que tenía la cara deformada a causa de un tumor y que reclamaba a gritos la eutanasia porque se había cansado de vivir. Francia no permite la eutanasia, por lo que Chantal había convertido su enfermedad en una causa a favor de lo que los colectivos proeutanasia llaman "muerte digna" a modo de edulcorante para ocultar su verdadero nombre: suicidio asistido. Los jueces habían denegado su petición por ilegal pero, después de aparecer muerta, parece que algunas autoridades están dispuestas a replantearse la situación. Dudo mucho que el conservador Nicolas Sarkozy vaya a aceptar semejantes propósitos pero, dado su afán populista, no hay que descartar que acceda a revisar la legislación después de haber dilapidado en menos de un año el apoyo social que le aupó a la Presidencia gala. Si la reacción de los políticos franceses me sorprende, el caso particular de Chantal me deja perplejo. Quienes reclaman la eutanasia suelen ser personas incapaces de valerse por sí mismas, lastradas en una cama, que no se pueden mover. Su invalidez les lleva a pedir la eutanasia porque, en el fin de su desesperación, suelen necesitar la ayuda de otro para poner fin a su vida. Chantal no estaba en esa situación. Podía suicidarse de mil maneras distintas cuando ella lo deseara. Y así ha ocurrido cuando vio que el Estado no estaba dispuesto a asesinarla, por mucho que ella quisiera. Chantal sufría dolores prácticamente insoportables por su enfermedad, aunque puede que el peor de todos fuese el que sentía cada mañana al mirarse al espejo y contemplar su rostro de elefante. Para ella, la vida había perdido todo sentido a pesar de que, en su propia casa, tenía tres magníficas razones para seguir adelante: sus hijos. Cualquiera puede llegar a entender que quisiera morir para no soportar más dolor, pero lo que resulta completamente injustificable es que quisiera descargar la responsabilidad de su muerte en el Estado y en un médico. En España tampoco está permitida la eutanasia pero son muchos -aunque pequeños- los colectivos que la reivindican constantemente. El Parlamento ha debatido esta cuestión en varias ocasiones durante la última legislatura y está claro que volverá a hacerlo a lo largo de los próximos cuatro años. Cuando en 2004 le plantearon a Zapatero la posibilidad de despenalizar la eutanasia, aseguró que ese no era el momento y señaló a la legislatura que ahora comienza como el momento adecuado para afrontar este reto polémico. Será un debate controvertido pero sencillo para él, que suele vender estas reformas legales como una ampliación de derechos con la que no se perjudica a nadie. Pero no es verdad. Con la eutanasia pierde el enfermo, pierde su familia y pierde sobre todo la sociedad. Un país que autoriza el suicidio médico asistido está lanzando a sus ciudadanos el mensaje de que la vida no merece la pena, de que ante el sufrimiento sólo cabe la rendición y de que los sacrificios son absurdos. La muerte digna sólo es un disfraz, pues la muerte siempre resulta indigna. Llega sin avisar, tanto al fallecido en un accidente de tráfico como al anciano con un infarto de corazón. Lo importante respecto a la muerte no es que sea digna, sino que la persona la afronte con dignidad. Tenemos que estar preparados para ese momento y saber lo que realmente significa. Esta es, entre otras muchas cosas, la lección que nos enseña la Semana Santa cada año. Si Chantal la hubiera aprendido, no habría solicitado la eutanasia y tampoco se habría suicidado.
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Pablo A. Iglesias
Fundador de LaSemana.es
Doctor en Periodismo
Director de Información y Contenidos en Servimedia
Profesor de Redacción Periodística de la UFV
Colaborador de Cadena Cope en La Tarde con Ángel Expósito






