ANÁLISIS DE DEPORTES
De relevos, simpatías y añoranzas en Interlagos

Por Roberto J. Madrigal
3 min
Deportes22-10-2006
Brasil representa una cultura sorprendente, no sólo en general, sino también en lo automovilístico, para un aficionado, como somos los españoles, relativamente neófito en la Fórmula 1. En un país cuya escala es infinitamente mayor que la europea, movido sobre todo por la pasión del fútbol, el automovilismo supone -en una urbe de 18 millones de habitantes que tiene Interlagos en uno de sus extrarradios- una atracción puntual que, sin embargo, es casi una religión para muchos en São Paulo. Sin embargo, al contrario que en España, el país vive a otro ritmo, ajeno al trepidante pulso entre Fernando Alonso y Michael Schumacher, en todo caso más expectante por la despedida del alemán del circo. Así pues, la torcida carioca está más bien del lado rojo de la fuerza, también por la condición de paulista de Felipe Massa, más querido que su predecesor en Ferrari, Rubens Barrichello. Con todo, São Paulo -la ciudad que vive las cuatro estaciones del año en un solo día- mantiene muy presente el recuerdo de Ayrton Senna, cuyas referencias perviven, de una u otra manera, en sus calles. Por ejemplo, su casco luce en los anuncios de su Fundación, presentes en numerosas paradas de autobús. Precisamente Rubinho, que salió muy enfrentado con la Scuderia, ha sido uno de los pilotos más críticos con el káiser, que tampoco mantuvo una buena relación con Senna mientras ambos coincidieron en el Mundial. Precisamente, para gente como Bernie Ecclestone, la despedida del heptacampeón no podrá igualar la huella que dejó Senna: su afán perfeccionista por lograr la perfección y la superioridad técnica no enganchan como el talento del brasileño. También la despedida, menos impactante que la tragedia de Senna en Tamburello, aventuran que su carrera caerá en el olvido -salvo por los números- más rápidamente. Aun así, es de ley reconocer que Schumi ha marcado la transición de una época: la preparación física de los pilotos, más exhaustiva, y la batalla tecnológica han ganado terreno irremisiblemente. En ambos casos, el papel del alemán ha sido fundamental, más allá de las opiniones enfrentadas entre su talento y el recuerdo de sus malas mañas: los incidentes con Damon Hill y Jacques Villeneuve en la década anterior hicieron que las cábalas acerca de un casual accidente de Alonso, para impedir que el español sumara el punto que necesitaba para ser campeón, fuesen insistentes y nada descabelladas. Sin embargo, había otras circunstancias: Ferrari estaba en una alarmante sequía de títulos y Schumacher, sin tanta voracidad, cumplió esta vez con su palabra y no pasó nada. Aunque Alonso se lleva consigo a McLaren el número 1, reservado al bicampeón más joven de la historia, Renault también puede sacar pecho con el título de marcas. Sin olvidarse de Michelin, vencedor en la pista de la guerra de los neumáticos con Bridgestone, proveedor único desde la próxima temporada. Un campeonato que cobra interés con la enésima oportunidad de Kimi Raikkönen para asaltar el título y con la presumible irrupción de pilotos talentosos que han dado grandes espectáculos en la categoría menor, la GP2. El espectáculo sólo se toma un respiro.






