CRÓNICAS DEL ESPACIO INTERIOR
Saber... ¿es morir?

Por Álvaro Abellán
2 min
Opinión23-09-2001
"La fusión fría -capaz de destruir el planeta en cuestión de segundos- es algo tan fácil de conseguir, que hasta un niño de 14 años podría hacerlo". "Cuando la ciencia está preparada para dar la respuesta, cualquiera puede dar el paso". Así argumentaba su miedo un científico suicida en una serie tipo Expediente X, pero de menor calado. Creo que la terrible voz en off que cerraba de madrugada aquel capítulo decía: "Si el conocimiento es poder y el poder corrompe, ¿qué puede salvarnos?" ¿La verdad nos hará libres o acabará por matarnos a todos? Debate caliente no sólo tras la caída de las Torres Gemelas, sino durante todo el siglo; desde las guerras mundiales y las bombas atómicas hasta Chernóbil. Ejemplo más actual aunque menos trágico es el de la accidental explosión de la Petroquímica de Toulouse, Francia. "Da igual si por acción terrorista o por negligencia de sus gestores -dirá uno- si Prometeo no hubiera robado el fuego, nadie hubiera muerto abrasado". Pero si Prometeo no hubiera robado el fuego, cabe contestarle, usted no hubiera sobrevivido al invierno pasado. Las conferencias que el sabio europeo George Steiner dio en 1974 (Nostalgia del absoluto) cobran nuevo sentido. Según él, las últimas investigaciones científicas -como la del genoma humano- invitan al pesimismo en este debate: la verdad parece tener más futuro que el hombre. Esta conquista de la verdad a pesar de las consecuencias, según Steiner, es esencial al hombre mediterráneo, heredero de las preguntas griegas y del espíritu romano de conquista. Verdad que, según los griegos, nos salvaría, aunque la Historia parece corregir al ingenuo Aristóteles. El agudo Chesterton dijo que los griegos cometieron un error "muy natural", "que estribó en rendir culto a la Naturaleza o, lo que es lo mismo, en ser natural". En efecto, "la Verdad os hará libres" de San Juan es distinta de la verdad natural o de la verdad del genoma humano. Apela a la verdad sobrenatural, capaz de vaciar los corazones de odio y llenarlos de amor y solidaridad. Y quien quiera ser optimista recurriendo a la química y no al espíritu humano, que lea la oda psiquiátrica que Rojas Marcos dedica en El País a los heroicos bomberos neoyorquinos: "Datos científicos demuestran que las tendencias altruistas están perfectamente programadas en nuestro equipaje genético [...] También se ha demostrado que la generosidad y la predisposición de ayudar a nuestros semejantes son una fuente esencial de la felicidad humana". Sabia ciencia, ésta, del siglo XXI.






