EL REDCUADRO
Palabras para Julio

Por Antonio Burgos
3 min
Opinión14-04-2003
Vamos, que la vida sigue, suelen decir en estos casos. Claro que sigue la vida, Julio A. Parrado, pero ya todo es de otra manera. Sigue la vida y sigue la guerra, a la que le hemos puesto tu nombre. Ni ante Dios ni ante los hombres, serás héroe anónimo, soldado conocido de la infantería gloriosa de la información. Tu amor a la verdad y otras dudas te llevó de la ciudad de la Mezquita a las mezquitas ensombrecidas por el humo de las explosiones artilleras mientras avanzaba tu División. Si me quieres escribir, y quiero escribirte, Julio, ya sé tu paradero. Tu muerte me suena a vieja canción republicana de la batalla del Ebro, de aquel horizonte de nostalgias y esperanzas tricolores que oirías de niño en tu casa cordobesa, cuando tu padre sintonizaba la Pirenaica tras llegar de un Círculo Juan XXIII donde Carlos Castilla del Pino acababa quizá de proclamar la primavera de la libertad que no acababa de llegar nunca. Si me quieres escribir, y te quiero escribir, yo sé tu paradero. Donde los cabales. En el frente de Bagdad, primera línea de fuego. Ay, Carmela, me va cantando el dolor de tu madre, qué lejos quedan los naranjos en flor de las orillas de tu Guadalquivir de estas riberas del Tigris donde está la cuna de aquellos hombres que en tu tierra dejaron un horizonte de minaretes y palmeras. Tuve que reírme, Julio, con tu crónica de los pepinos. Andaluz tenías que ser. Eras como la gente que a tu tierra vinieron; de allí precisamente, de esa cuna de civilizaciones. Y tenías esa capacidad de poner una sonrisa y un trozo de humanidad hasta en lo más cruel de la guerra. Tu crónica de los pepinos, del Tío Sam buscando misiles y la soldadesca hallando pepinos propiamente dichos, no pepinos de pegar pepinazos, sino pepinos de hacer un salmorejo o un gazpacho, tenía la sonrisa de tu tierra, retranca cordobesa. La sonrisa, Julio, que ahora, ay, veo en tu foto para ese salvoconducto militar que no te sirvió para seguir sentando plaza de voluntario de la vida ante la muerte de la guerra. Viene en el periódico la foto del marine sentado en el sillón palaciego de Sadam, que es como la reescritura gráfica de aquel miliciano madrileño de 1936 que se fuma un pitillo en el estrado de un palacio ducal. Pero falta tu crónica sobre esa barbaridad de palacio. La que quizá nos hubiera traído la misma sonrisa de los pepinos, cuando hubieses dicho que este Sadam, aparte de un dictador, es un hortera de mucho cuidado que tiene un espanto de cama en su palacio, una pasada de grifería de oro en los baños, más propia de yate Nabila de Kasogui en Puerto Banús que de sátrapa de un pueblo depauperado. Ahora no hay sitio más que para el dolor, Julio. Malhaya la guerra, dice tu padre, y su maldición, largo quejío de una copla, suena del Guadalquivir al Tigris. En las palabras de tu padre, Julio, volvemos a oír a Herodoto. La guerra es este tiempo en que se quiebran las leyes de la vida y los padres entierran a los hijos. Y se hacen funerales los naranjos en flor de tu Córdoba.






