Adiós maestro
Fallece Francisco Nieva, el gran dramaturgo
Por Carlos Riopérez
2 min
Cultura11-11-2016
El pasado 10 de noviembre fallecía el longevo dramaturgo Francisco Nieva a los 91 años de edad. Aunque llevaba ya varios años retirado del mundo del espectáculo, también era conocido por su faceta de escenógrafo, director de escena y ensayista, Nieva deja tras de sí una larga carrera plagada de éxitos y, especialmente, un recuerdo imborrable para los escenarios de España que hoy lloran su pérdida.
Francisco nació en 1924 y desde niño ya mostró interés en lo creativo. Escribió breves relatos y piezas dramáticas que en 1996 quedarían recopiladas en Centon de teatro, una compilación de doce obras cortas. Nieva alcanzó el reconocimiento en todas las facetas de la vida artística que desempeñó. Bien conocida es la escenografía de Marat Sade, uno de sus mayores logros.
Sus estudios se iniciaron en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, donde cursó pintura y se asentó en el Postismo, un movimiento vanguardista cuyos líderes eran sus amigos poetas Carlos Edmundo de Ory y Eduardo Chicharro.
En 1946, período de posguerra, decidió exiliarse a París ante la amenaza del franquismo. No era ningún activista político, pero su faceta artística podía ser cuestionada por la dictadura de Franco. Casi 20 años después, en 1964, decide volver de la capital francesa y se establece definitivamente en España, dando comienzo su verdadero idilio creativo.
En el ámbito dramatúrgico empieza a hacerse un nombre a mediados de los setenta con varias obras: El combate de Ópalos y Tasia y La carroza de plomo candente fueron sus carta de presentación en la escena española. previamente, en 1971, publicó Es bueno no tener cabeza.
Los siguientes años se caracterizan porque sus obras más sonadas vieron la luz. Entre ellas destacan Sombra y quimera de Larra (1976), Delirio de amor hostil (1978), El rayo colgado, y Malditas sean Coronada y sus hijas, ambas en 1980. En la década de los ochenta algunas de sus joyas fueron La señora Tártara (1980), Coronada y el toro (1982) o Corazón de arpía (1989). Seguirá en los noventa con El baile de los ardientes (1990), la cual dirigió. Aquelarre y sombra roja de Nosferatu (1993) y Pelo de tormenta (1997), probablemente su obra más censurada. Por lo último que se le recuerda es por el estreno de Salvator Rosa, que fue presentada en marzo de 2015.
Hay que destacar que el teatro que practicaba nació del choque entre religión y sexo como uno de sus pilares. Tenía voluntad transgresora y un extenso lenguaje. Entre sus influencias está Valle-Inclán a la cabeza, y un amplio y dispar abanico de artistas como Brecht, Solana o Bataille.
En su faceta narrativa destacan novelas como El viaje a Pantaélica (1994), Granada de las mil noches (1995) o su autobiografía Las cosas como fueron (2002). Entre sus otros logros, cabe destacar el sillón J que ocupó en la Real Academia Española al ingresar en 1990, el Premio Nacional de Teatro que alzó en 1980 y 1992, el Premio Principe de Asturias de las Letras ese año y el Premio Valle-Inclán en 2011.





