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Muere Inmre Kertész, una de las últimas voces del holocausto nazi
Por Paula García Mora
3 min
Cultura01-04-2016
Cuando los trenes que llegaban al infierno se detenían, el ruido de los raíles se sustituía por el de un murmullo compuesto por numerosas lenguas diferentes. Un joven baja del vagón desconcertado y esperando poder entenderse en hebreo con aquella multitud cuando uno de los presos le pregunta en yiddish cuál es su edad. Él responde que tiene 15 y el preso le “ruega” que diga que tiene 16.
Como contaría más adelante, “el momento crucial, en el que todo se decidía, eran los primeros 20 minutos de la llegada al campo”. Aquel joven nunca podría haber imaginado que sus mínimos conocimientos de alemán le salvarían la vida. Tampoco habría podido imaginar que ese horror vivido en primera persona, y al que lograría sobrevivir, le llevaría a ser el primer húngaro en ganar el premio Nobel de Literatura años después.
Inmre Kertész nació en Budapest en 1929 en el seno de una familia judía. Cuando apenas tenía 15 años fue deportado por la policía húngara al campo de exterminio de Auschwitz en Polonia. Allí viviría en su propia piel una de las mayores tragedias del siglo XX y conseguiría, a través de su literatura, construir una ventana hacia el pasado que no debe repetirse jamás. “La esencia de mi obra consiste en trasladar lo ocurrido a una dimensión espiritual. Que quede conciencia (…) El Holocausto es el hundimiento universal de todos los valores de la civilización y una sociedad no puede permitir que se repita, que vuelva a presentarse una situación parecida”, diría en una entrevista.
En 1945 el polaco fue liberado del campo de Buchenwald, al que había sido transferido después de Auschwitz, y regresó a Budapest. Allí se encontró con que la casa de sus familiares estaba ocupada por otras personas y que no quedaba nadie a quien acudir. Ya apuntando a su futura vocación de escritor y vigilado con recelo por las autoridades comunistas, encontró trabajo como traductor (tradujo autores como Friedrich Nieztsche, Sigmund Freud y Elias Canetti) y como periodista hasta que el periódico tuvo que optar por una línea comunista y abandonó su puesto. Como diría en una entrevista, la dictadura comunista “nunca apreció mis libros, porque percibía que había algo de explosivo en ellos: un llamado contra todas las dictaduras, y no solamente contra la dictadura nazi”.
Entre los títulos del polaco, poco numerosos pero cargados de significado y lucidez, destaca Sin destino, un libro que consiguió, después de muchos esfuerzos, ser publicado en 1975 ante la indiferencia de la población, pese a la muerte de unos 50.000 judíos húngaros a manos de los nazis. Años después y tras ganar el Nobel de Literatura en 2002, su obra sería reconocida internacionalmente por “trazar la frágil experiencia del individuo contra la bárbara arbitrariedad de la Historia” y por “defender el pensamiento individual contra la sumisión del poder político”, según el Jurado del Nobel.
Su último libro que será recientemente publicado en España por la editorial Acantilado y titulado La última posada, incluye diarios íntimos entre los años 2001 y 2009 que constituyen “un testimonio visceral y a veces perturbador de sus experiencias en ese período”, según el editor español. Otros de sus títulos son Fiasco (1988), Kaddish para un hijo no nacido (1990), o Un instante de silencio en el paredón (1998).
Puede que lo que llevase a Inmre Kertész a escribir y relatar lo que ocurrió durante aquellos duros años fuera la consciencia de que su literatura podía ir más allá de las palabras y llegar a ser una concienciación social real. Al contrario que otros títulos como “El hombre en busca de sentido” de Víktor Frankl, sus obras no tratan de la esperanza, sino todo lo contrario. Para Kertész, la esperanza no es suficiente y tal y como él afirma “nunca habría podido explicar ciertas cosas de una manera exacta” si se hubiera valido solamente de ella.





