108 aniversario
Hannah Arendt, Google y la banalización del mal
Por Marta Juncosa
2 min
Cultura14-10-2014
Hoy cumpliría 108 años. No lo celebra; trabaja, pluma en mano, en la página de inicio de Google. Estamos hablando de Hannah Arendt, judía de origen alemán, nuevo doodle de la compañía y creadora de un concepto que ha revolucionado la filosofía moderna: la banalidad del mal.
Arendt se exilió a Estados Unidos acompañada por su marido en 1941. El régimen nacionalsocialista le retiró la nacionalidad y la filósofa fue apátrida durante años, hasta conseguir la ciudadanía estadounidense en 1951. Diez años más tarde fue enviada a Jerusalén, donde cubrió para el diario The New Yorker el juicio contra el oficial nazi Otto Adolf Eichmann. La pensadora asistió al proceso judicial durante tres semanas; no permaneció el tiempo suficiente para verlo completo. No le hizo falta. Solo tuvo que publicar el tratado “Eichmann en Jerusalén: informe sobre la banalidad del mal” para encender una mecha que, aun hoy, sigue amenazando con estallar. En su informe, Arendt acusaba a los Consejos judíos de colaborar en el Holocausto, pues entregaban a los nazis inventarios de sus congregaciones para garantizar su propia seguridad. Y no solo eso: mostró a Eichmann como un hombre totalmente normal. La filósofa hizo un esfuerzo por comprender cómo una persona así pudo llevar a cabo atrocidades tan mayúsculas, y concluyó que se trataba de un hombre corriente, un funcionario, un burócrata. Un mero peón en forma de oficial de las SS encargado del transporte de judíos a los campos de exterminio. Arendt, que huyó de Europa “comprendiendo” la crueldad de los nazis, pensaba que Eichmann ni siquiera era una mala persona. Se deshizo de sus prejuicios y analizó el proceso de forma objetiva, desde lejos, instaurando un concepto nuevo, el de la banalización del mal. La pensadora no justificó el comportamiento de Eichmann, sino que trató de comprender la crueldad, la violencia del ser humano, abriendo la reflexión de que el mal no es algo intrínseco a las personas. Como Eichmann, muchos hombres y mujeres que han cometido crímenes atroces son solo hijos de su tiempo, que abandonan sus decisiones personales para entregarse a un régimen, a unas normas, a una época, a una corriente que los arrastra. La tesis de Hannah Arendt, publicada en The New Yorker en 1963, abrió heridas recientemente cerradas al plantear una pregunta que nadie se había atrevido a formular: los hombres crueles, ¿lo son por vocación o por imposición? La respuesta, cincuenta años después, sigue siendo un misterio.





