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ARTE

La obra de Coubert sale por primera vez de Francia

Por Cristina González BoyarizoTiempo de lectura2 min
Cultura08-09-2014

Desde el próximo 12 de septiembre hasta el 28 de enero del año que viene, los admiradores de la pintura de Gustave Coubert podrán disfrutar de su primera exposición fuera de las fronteras francesas. Su obra tardó su tiempo en recibir el reconocimiento que merecía y, una vez alcanzado este, sus cuadros siguieron estando relegados a museos franceses. Ahora, por primera vez, sus labores llegan a Europa, concretamente a la Fundación Beyeler de Suecia. Así, los trabajos del maestro del realismo y precursor del modernismo se dan a conocer.

La presente muestra reúne entre cincuenta y sesenta obras del pintor, algunas provenientes de colecciones privadas y otras, las más desconocidas, de museos. Cada una de estas piezas permite echar una ojeada al particular arte de este genio y recorrer algunas de las fases más destacadas e influencias de las que se nutrió a lo largo de su prolongada carrera. Lo primero que el visitante podrá visualizar durante su recorrido serán esos primeros retratos de Coubert, los de su edad más temprana, que le granjearon la consideración de las autoridades y le valieron un hueco en el panorama internacional. El plato fuerte del recorrido, y también su ópera prima, es El origen del mundo, un lienzo que muestra el sexo femenino desnudo y anónimo, totalmente naturalista, entre sábanas blancas. Enseña el aspecto más mundano de la carne, incluso lo dota del vello púbico, algo que no se estilaba en las obras de aquel entonces. Todavía actualmente su visionado resulta chocante al público más experto. Coubert y su arte deben contextualizarse en la época de la revolución industrial y el capitalismo liberal, momentos de miseria social que los más bohemios utilizaban para criticar con sus creaciones la precaria situación vivida. El pintor comienza sus andanzas dedicándose a los paisajes, a los que imprimía cierto aire romántico, aire que abandonó pronto para dedicarse por completo al realismo. Pasa así a un estilo mucho más salvaje y directo y rebela su predilección por la naturaleza virgen y la sensualidad y verdad que encierran el sexo y los desnudos femeninos. Su mayor maestría radica en la capacidad de hacer real lo irreal y visible lo invisible, consigue que las texturas se palpen y lo que pinta lo traslada al mundo exterior. En 1985, la Academia Universal de París rechaza su trabajo y él, de un latente anti-academicismo, inauguró una muestra paralela a la que bautizó como Pabellón del Realismo, que tiempo después pasaría a ser el Pabellón de los rechazados, donde expuso su obra. En un principio solo Delacroix lo valoró positivamente.