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TOROS

Cielo malva y oro para el paseíllo póstumo de Antoñete

Por Almudena HernándezTiempo de lectura2 min
Espectáculos24-10-2011

Las emociones estaban a flor de piel. Aficionados de todas las edades y distinta condición han pasado ante el féretro, instalado en la sala Alcalá de Las Ventas. Todos querían decir adiós al maestro. En su último paseíllo en Madrid, Chenel vestía de corto, y a su vera se exponía el traje lila al que tenía tanto cariño. Un capote de paseo con la Virgen de la Paloma le bendecía con calor maternal.

La sala Alcalá, abarrotada de prensa y de taurinos, rendía homenaje al torero que antaño vivió en la mismísima plaza de toros. Coronas de flores, incluída la de su querido Real Madrid, y fotos faenas históricas de Chenel presenciaban la despedida definitiva de un torero de toreros. Pese a las inclemencias del tiempo, centenares de personas han acudido a Las Ventas para agasajar la memoria de un torero que revolucionó la Fiesta en la década de los años ochenta del siglo pasado. Entonces, un hombre considerado con demasiada edad para triunfar en la primera plaza del mundo, saboreó las mieles de la gloria después, incluso, de pensar en colgar el terno de luces. Muchos jóvenes, eclipsados por la movida madrileña, se acercaron a las plazas gracias a la sapiencia de Chenel. Gran parte de aquellos a los que hipnotizó con su toreo clásico e inteligente le han despedido de su plaza. Casualidades del destino, el féretro de Chenel no ha podido dar la última y merecidísima vuelta al ruedo a su plaza, al estar preparándose un evento musical previsto antes del fallecimiento del torero. Sí que ha habido ocasión para una emocionante salida por la puerta grande, la puerta de su Madrid, en hombros de sus compañeros de profesión. Muchos toreros, artistas y personalidades de distintos ámbitos, han acudido a despedirse de Antoñete, el hombre que manó de la humildad de una vida dura para exprimir su existencia al máximo y escribir una de las más bellas páginas del toreo. Tras vítores de los aficionados que llenaban las inmediaciones de Las Ventas, antes del atardecer, Antoñete ha sido enterrado en el cementerio de La Almudena. El cielo de Madrid se despedía, poco después, con grises y claros. Era como si las luces del horizonte simulasen el humo de un último pitillo, bordado en oro viejo sobre la seda malva de nubes.