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TOROS

César Jiménez abre la puerta grande de Las Ventas

Por Almudena HernándezTiempo de lectura1 min
Espectáculos01-06-2011

Era el último día del mes de mayo, el mes taurino por excelencia en Madrid. Para más inri un torero de la tierra logró salir victorioso por esa soñada puerta que vomita aficionados a la calle de Alcalá. Por allí ha salido en hombros -con caída incluida- César Jiménez el 31 de mayo de 2011, rodeado de cámaras fotográficas y fieles seguidores.

Era el premio a los trofeos logrados en su actuación: sumó una oreja de cada uno de los toros que lidió. Y muchos aficionados entendieron que este César era su dios verdadero, al que arrancar los machos mientras salía en hombros, cayese o no al terrenal suelo. Lejos parecían quedar otras recientes puertas grandes, rubricadas por los tales Manzanares y Talavante... Pero era el último día de mayo. Con el primero, de la ganadería titular en el cartel, Peñajara, el diestro de Fuenlabrada dejó entrever el concepto clásico del toreo que abandera. Aunque faltó cierta dosis de emoción, su labor conectó con el público y levantó los ánimos en los tendidos de sol. Una buena estocada rubricó una actuación que hacía presagiar la resurrección de un torero que hace años avisó a los entendidos. Con el público a favor, se devolvió a los corrales el quinto toro del festejo, saliendo en su lugar un ejemplar de Carmen Segovia. César Jiménez volvió a meterse en el bolsillo a la concurrencia, que conectada al fuenlabreño pidió la oreja. Algunos ondeaban el pañuelo puestos en pie. Otros la pidieron a voces incluso. El presidente la concedió aunque parte de los aficionados, especialmente los ubicados en el tendido 7, protestaron la decisión con ciertas razones. La plaza se enzarzó en una disputa dialéctica que recordaba a isidradas pretéritas. Los otros dos toreros del cartel, el toledado Eugenio de Mora y el madrileño Javier Cortés, se fueron de vacío. Sus respectivos peñajaras tuvieron más complicaciones que el lote de Jiménez, pero también es verdad que los diestros anduvieron más apáticos y, en el caso de De Mora, sin encontrarse.