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La Ley cambia en Navidad

Fotografía
Por Álvaro AbellánTiempo de lectura2 min
Opinión21-12-2009

La Navidad encierra un misterio que supera todas las expectativas del hombre. Su lógica interna rompe todas las reglas, invierte el orden natural del mundo dándole la vuelta como a un calcetín. Es la paradoja más grande y más hermosa que vivimos millones de personas, seamos o no creyentes. Es una época en la que el mundo renuncia a sus ideales de todos los días (éxito profesional, seguridad económica, poder, salvaguarda de la vida privada frente al resto del mundo) y, sin embargo, al abrazar a otros, se reconoce más feliz que nunca. La Nueva Ley que instaura la Navidad podría sintetizarse así: el triunfo deja de ser de los grandes y poderosos para ser de los pobres y los inocentes; la lógica de la transacción justa y la medida exacta deja paso a la lógica de la gratuidad sin medida; el mundo exterior se hace más pequeño que nunca mientras los hogares cobran dimensiones incalculables y misteriosas. La Navidad, en la mitad del planeta -que la mitad del planeta en que se inventó- ocurre en invierno. No parece accidental, y ayuda a alimentar una profunda paradoja: la fiesta más calurosa para el alma y el cuerpo, la fiesta que más canta a la vida, la fiesta alegre por excelencia, la fiesta del amparo y la acogida, se produce cuando la Naturaleza es más fría, más muerta, más triste y menos acogedora. Cuando el mundo entero parece agonizar, el hombre se torna más creativo que nunca. Cuando la oscuridad acorrala al sol más que nunca, las cosas y casas se hacen luminosas por dentro. Cuando fuera todo muere, en nuestro interior podemos encontrar más luz que nunca. La Navidad es, como todos sabemos, una fiesta cristiana. Para los católicos, la segunda más importante del año, tras la Pascua (muerte y Resurrección de quien nació en Belén). Pero también, todos lo sabemos, su lógica ha roto las fronteras de la religión oficial y trastoca la mentalidad de millones de no-practicantes. No obstante, cuando las realidades se desvinculan de su origen, corren el riesgo de desnaturalizarse. Entonces las luces se tornan frías y falsas; los regalos de Reyes, consumo obligado y debido; los villancicos, mera rutina. ¿No es acaso en el origen cristiano de la Navidad donde su lógica cobra pleno sentido y vitalidad? Así lo creía Chesterton, que describe la Navidad como una gran paradoja: “Que el nacimiento del que no tuvo casa para nacer sea celebrado en todas las casas”. ¿No es esa Nueva Ley que todos reconocemos y vivimos en Navidad, que a todos nos hace felices, la que vino a anunciar aquel niño-Dios que no tuvo casa? ¿No nos invitó a que todos los días fueran Navidad? Está en nuestras manos. Como también lo está no escuchar su mensaje y dejar que el mundo sea como Narnia: “Allí donde siempre es invierno, y nunca Navidad”. Cuando la Nueva Ley de la Navidad impera sobre la vieja ley del mundo, vivimos ya, para siempre, en ese lugar donde la vida se ensancha.