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¿TÚ TAMBIÉN?

Herodes

Fotografía
Por Álvaro AbellánTiempo de lectura3 min
Opinión28-12-2008

Mi hermana quería tener el privilegio de colocar la figura del niño Jesús en el pesebre. En realidad, cada uno de nosotros tenía su visión de Belén y tratábamos de explicar nuestras razones y de llegar a un acuerdo para que el conjunto ofreciera cierto sentido. Especialmente nos peleábamos -cortésmente- por el niño-Dios y por los Reyes Magos. Pero sólo yo parecía tener una especial devoción por encontrar el espacio adecuado para situar el Castillo de Herodes. Evidentemente, lejos de la gruta que acogía el Misterio; pero, no obstante, en un lugar destacado, bien visible. Siempre me pareció que si representar la Navidad tenía algún sentido era, precisamente, el de celebrar la noticia, la Buena Nueva, la novedad absolutamente revolucionaria que suponía la ley del Amor propuesta por el niño-Dios frente a las viejas leyes del dominio y el poder sobre los hombres que reinaron en el mundo hasta entonces y que representa, como nadie, el oscuro Herodes. Un año, incluso, quise colocar un “cementerio de los Santos Inocentes”, a lo que se negaron mis padres, seguramente con buen criterio. Pero yo no lo entendía: si se representaba la huída a Egipto con las pirámides de fondo -una evidente “licencia poética” por suponer un salto en el espacio y en el tiempo-, ¿por qué no aceptar otra metáfora similar en recuerdo de los recién nacidos asesinados por Herodes? Sabemos que Herodes reinaba entonces entre los judíos, gracias a sus pactos con Roma. Mateo (Mt 2) nos informa de que Herodes conocía la profecía sobre un mesías que liberaría a Israel, y que, cuando tuvo noticias de que las estrellas habían anunciado su nacimiento, mandó matar a todos los niños de Belén menores de dos años. Este reyezuelo, amante del poder y de las riquezas, y temeroso de un niño recién nacido, fue capaz de asesinar sistemáticamente a todos los inocentes de un pueblo para asegurarse una vida cómoda y lujosa. Cada uno a nuestra medida, todos podemos ser Herodes. Basta con que en cada elección que hagamos, el primer criterio sea nuestra comodidad, lujo, gusto o seguridad, sin preocuparnos por la justicia, el bien común, o la verdad. Yo mismo era Herodes -todo lo Herodes que entonces podía ser- cuando prefería jugar con mis regalos a ayudar a mi hermana y a mi madre a recoger la mesa tras la comida de Navidad. Evidentemente, en la práctica jamás fui tan malo como lo fue Herodes -sencillamente era un niño algo egoísta e inconsciente-, pero en aquella decisión, actué bajo su mismo criterio. Y a la inversa: el cine nos ha regalado retratos de Herodes -y de Hitler- como un pobre niño grande y egoísta. Precisamente pare recordarnos qué no debemos ser y para resaltar con mayor evidencia y claridad la revolucionaria propuesta de vida que ofrecen María, José y el niño en la gruta de Belén, quería yo poner el Castillo de Herodes y el cementerio de los Santos Inocentes bien visibles. Hoy, en un escenario mayor que Belén, como es España, Zapatero nos ha regalado por Navidad la mejor metáfora sobre la aniquilación de los inocentes por la comodidad o el lucro de algunos: un proyecto de ley para ampliar la legalidad del aborto. Si no fuera porque esto no es metáfora, sino realidad, estaría bien contento. Pero, en cualquier caso, el efecto es el mismo: precisamente que el mundo se rija por criterios como los que inspiran legislaciones que atentan contra la vida de los más inocentes, mi corazón desea, más que nunca, la venida de un niño-Dios que nos enseñe qué es el Amor y cómo amar verdaderamente. Pues si en el lujoso y cómodo Castillo de Herodes hasta sus hijos vivían angustiados e infelices, en el humilde e incómodo portal de Belén nace ese hogar donde la vida se ensancha.