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ANÁLISIS DE DEPORTES

El nacionalismo y la pelota

Fotografía
Por Alejandro G. NietoTiempo de lectura2 min
Deportes19-10-2008

Desde principios del siglo XX, los nacionalistas se han servido del deporte para propagar sus pretensiones de independencia. Tal era el caso de los cánticos en catalán que se escuchaban en el Camp Nou durante el dictado de Franco, cuando el estadio era uno de los pocos lugares donde poder expresarse en esa lengua. En Irlanda, ningún extranjero podía, hasta hace poco, participar en las ligas de fútbol gaélico y hurling, los dos deportes nacionales. Y en el Athletic de Bilbao y el Euskaltel Euskadi todavía impera la política de “sólo vascos” (o vasco-navarros, o vasco-franceses). Joan Laporta ha llevado esta relación entre nacionalismo y pelota un paso más allá. El dirigente azulgrana, iluminador de ideas tan coherentes como la de crear una República Catalana del Barcelona y autor de frases como “mi sueño es que Cataluña juegue un Mundial”, es uno de los grandes propagandistas del nacionalismo catalán. Su deseo de que el club que gestiona sea la imagen del catalanismo en todo el mundo se ha reflejado en dos nuevas iniciativas. La primera, crear una franquicia en la liga de fútbol estadounidense. Un proyecto para nada disparatado, pues sería una inteligente forma de aumentar el número de seguidores y, con ello, elevar los ingresos. La segunda, en cambio, choca de frente con los intereses deportivos. El equipo de baloncesto sufrió su primera derrota de la temporada en Gran Canaria, tal vez pensando en el viaje promocional que debían efectuar horas después para jugar unos partidos de promoción en Los Ángeles contra Lakers y Clippers. El caer ante los amarillos no supone un serio problema en la ACB, pues los de Xavi Pascual, que han alcanzado una gran consistencia en su juego, se mantienen arriba en la tabla. Sin embargo, cargar a los jugadores con 30 horas de vuelo, entre la ida y la vuelta, para jugar un amistoso no parece lo más acorde con los planes de preparación física. Los jugadores están todavía frescos, pero disparates como este colaboran a cargarles las piernas y ello lo pueden notar en los momentos de mayor exigencia. Si Laporta es un claro ejemplo de la utilización del deporte para promover las aspiraciones nacionales, en la selección italiana de fútbol sala ocurre exactamente lo contrario: les trae sin cuidado que sentimiento de identidad nacional alguno impere en su equipo. Los 14 jugadores que se llevó al Mundial de Brasil el seleccionador transalpino eran oriundos del país anfitrión. Ninguno nacido en Italia. Ello ha desatado las críticas de numerosas instituciones y también en la propia FIFA. Ante extremos de este calibre, los más perjudicados son los jóvenes jugadores italianos, que ven como una utopía representar a su combinado nacional. Tanto en el caso de Laporta como en el de Italia, aunque ambos se mueven en vértices opuestos del problema, el deporte queda herido. Los organismos oficiales internacionales, las federaciones nacionales e, incluso, en los casos más violentos, los propios gobiernos deben ser los encargados de solucionarlo.