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PEDERASTIA

El abuso sexual infantil: un delito rodeado de falsas creencias

Por Leticia PradoTiempo de lectura2 min
Sociedad26-09-2008

Los abusos sexuales contra los menores constituyen un delito cada vez más extendido. Las diversas organizaciones de ayuda a los menores reconocen que la supresión de las falsas creencias es el primer paso para acabar con estas agresiones contra la infancia. La propia víctima de los abusos y su entorno familiar constituyen, además, las piezas clave para denunciar al abusador y reducir al mínimo los efectos negativos posteriores. Las asociaciones de ayuda a la infancia han desarrollado diferentes programas que ayudarán a los potenciales menores abusados a prevenir la situación.

Algunos expertos coinciden en definir el abuso sexual infantil como una forma de violencia o maltrato en la que el adulto utiliza al niño para su propia estimulación sexual, la del menor o la de otras personas también presentes. Las estadísticas confirman que el 23 por ciento de las niñas y el 15 por ciento de los niños han sufrido alguna vez este tipo de agresiones. Pero la poca concienciación de la sociedad y, en muchas ocasiones, la ocultación de este tipo de delitos hacen que la ayuda que reciben las víctimas no esté generalizada: más de la mitad no reciben ningún tipo de tratamiento. Por eso, diferentes asociaciones de defensa y ayuda a los menores agredidos defienden la necesidad de eliminar las falsas creencias que giran en torno al fenómeno de los abusos sexuales. Entre los falsos tópicos sobre este tipo de violencia sexual está la afirmación de que el agresor suele padecer trastornos psicológicos o desviaciones sexuales. Los expertos explican que los delincuentes por abusos sexuales son personas integradas en la sociedad, con grandes habilidades interpersonales y una vida sexual normal. Aunque esto no significa que el maltrato no sea propio de todos los estratos sociales. El dato más ignorado es que el 86 por ciento de las agresiones sexuales contra la infancia se dan en el seno de la propia familia de la víctima o en su entorno más próximo. Estos casos son silenciados, sobre todo por los menores, por el riesgo que supone la revelación: enfrentamiento a la familia, falta de apoyo e, incluso, incomprensión por parte de los miembros, etc. Todo ello dificulta los posibles tratamientos y la reducción de las posibles secuelas. Las consecuencias de las agresiones pueden manifestarse tanto a corto como a largo plazo: reacciones ansioso-depresivas, fracaso escolar, comportamientos sexuales agresivos, pesadillas (corto plazo), depresión, control inadecuado de la ira, consumo abusivo de alcohol y drogas, promiscuidad sexual (largo plazo). Además, muchas de las personas abusadas son propensas a volver a sufrir las agresiones en la edad adulta o a ser objeto de explotación sexual. Aunque los delitos sexuales contra menores no son un fenómeno reciente, cada vez está más extendido. Por ello, diferentes organizaciones de ayuda como la Asociación para la Sanación y Prevención de los Abusos Sexuales en la Infancia (ASPASI) o el Foro de Grupos de Ayuda Mutua para víctimas de abusos sexuales en la infancia (FOROGAM) luchan por una mayor implicación de la sociedad para denunciar este tipo de delitos.