LÍBANO
La polarización de Líbano
Por LaSemana.es
4 min
Internacional20-07-2008
Líbano cerró hace apenas unas semanas en Doha (Qatar) la crisis institucional que ha mantenido al país en jaque durante más de un año. Una crisis que reavivó los enfrentamientos étnicos que tuvieron lugar durante la guerra civil que sufrió el país a lo largo de los años 80 y que puso de manifiesto la debilidad del Estado para hacer frente a Hezbolá. Y es que las milicias del Partido de Dios han demostrado tener un poder y equipamiento contra el que las Fuerzas de Seguridad estatales no pueden competir.
La crisis institucional se desató a raíz de que el mandato del ya expresidente Emile Lahud, acusado tradicionalmente de ser un títere del Gobierno sirio, expirase a finales de 2006. La elección del jefe del Estado en Líbano se efectúa mediante una votación en el Parlamento para la cual es necesaria un amplio consenso, así que las facciones prosirias y las occidentalistas tuvieron que sentarse a negociar la nueva desginación. Para entonces, con la invasión de Israel del sur del país para contener a Hezbolá y el asesinato del primer ministro prooccidental Rafic Hariri relativamente recientes, las diferencias entre el Gobierno y la oposición se hicieron patentes. Hezbolá y sus aliados, entre los que se encuentran muchos cristianos maronitas, exigieron entonces el reconocimiento de poder de veto en el Gobierno, en el cual tenían por entonces seis ministros. Los occidentalistas respondieron entonces con una rotunda negativa a las exigencias del partido chií y con una investigación de sus medios de comunicación que el líder de Hezbolá, Hassan Nasralá, calificó como “declaración de guerra”. Desde entonces el Partido de Dios ha bloqueado hasta 19 veces la designación del nuevo presidente. Las estrategias y sus frutos Para evitar que los tambores de guerra volvieran a sonar en el país de los cedros, la Liga Árabe convocó a ambas partes a unas negociaciones en la ciudad de Doha. Pero antes de acudir a Qatar, Hezbolá se sacó su última carta de la manga para acudir a las conversaciones desde una posición fuerte para hacer valer sus exigencias. Las milicias del partido prosirio desplegaron a escasos días del encuentro un campamento de simpatizantes en el distrito financiero de Beirut que lo mantuvo paralizado y tomaron por la fuerza los distritos suníes de la capital, así como el aeropuerto internacional. El Gobierno, ante el peligro de una desintegración y una escalada de violencia mayor, rehusó actuar. Y la estrategia de Hezbolá funcionó. El partido chií volvió de Doha con un acuerdo que le sitúa como el claro vencedor de la crisis. Los chiíes no sólo obtuvieron su poder de veto ante las decisiones del Gobierno, sino que además han aumentaron en cinco (de seis a once) el número de sus ministros en el Ejecutivo. A cambio, las fuerzas prooccidentales apenas obtuvieron las promesas de que Hezbolá no boicoteará al Gobierno retirando a sus ministros, como acostumbra a hacer cuando se encuentra en una situación de poder, ni utilizará la violencia con fines políticos. Unas promesas que resultan cuanto menos vagas si se echa un vistazo a la historia reciente del país. Anhelos del pasado Hasta los años 70, Líbano era considerada como “la Suiza de Oriente”. Era un país desarrollado, pacífico e independiente. Donde convivían cordialmente cristianos, drusos, chiíes, suníes y protestantes. Sin embargo, todo cambió cuando Yasir Arafat, que entonces dirigía la OLP (Organización para la Liberación de Palestina), fue expulsado de Jordania. Eran años en los que Arafat, fuera de Palestina, dirigía bombardeos y ataques contra objetivos seleccionados en la frontera israelí. Siempre desde un país vecino, al que tomaba como centro de operaciones. Así, una vez fuera de Jordania, la OLP se instaló en Líbano. Y Líbano entró en el punto de mira de Israel. De este modo, tras un primer ataque en 1978 (que trajo como consecuencia que Israel dejara un destacamento en el sur del país, como “perímetro de seguridad”), en 1982 tuvo lugar la I Guerra de Líbano, que concluyó con la ocupación de Beirut por parte de las tropas israelíes y la salida presurosa de la OLP. Desde entonces, Líbano ha quedado sumido en la crisis permanente. Hasta ahora, el deseo de venganza ha sido capitalizado en Líbano por comandos insurgentes de la facción chií. Su gran representante es Hezbolá, Partido de Dios, que cuenta con gran apoyo de la población y que es un estado dentro de otro Estado, fundado en 1982. Para la Unión Europea, Hezbolá constituye un “grupo terrorista”, al igual que para EE.UU. e Israel. Atrincherada en el sur del país, fue la única milicia en no ser desarmada por las autoridades libanesas tras la guerra. Por ello, los combates entre Hezbolá y el Ejército israelí han sido una constante en todos estos años hasta culminar en la II Guerra de Líbano, en julio de 2006, con una potente ofensiva israelí.





