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ARMAMENTO

La vergüenza de los que no firmaron el acuerdo

Por Miguel MartorellTiempo de lectura2 min
Internacional01-06-2008

A partir de ahora, cualquier país que produzca, exporte o utilice las bombas de racimo llevará la marca de la vergüenza. La marca de ser un país que se opone a un deseo mayoritario de la Comunidad Internacional por acabar con un tipo de armamento que ha causado cientos de miles de víctimas civiles y otras tantas mutilaciones en todo el mundo.

Estados Unidos, China, Rusia, Israel, India y Pakistán serán algunos de esos países que sufrirán el acoso internacional y de las organizaciones pro Derechos Humanos a partir de la firma del tratado de Dublín. Ninguno de ellos estuvo presente en ese importante encuentro debido a las grandes sumas de dinero que dejan las bombas de racimo. Aunque la condena de ese tipo de armamento ya supone un paso histórico para acabar con sus mortales cifras de víctimas, lo cierto es que poder reprimir a los países que opten por saltarse el acuerdo o no lo hayan firmado es otro gran paso para la extinción de las bombas de racimo. Entre los más de 30 países que tenían el dudoso honor de presumir de la fabricación de bombas de racimo se hallaba España, a través de las empresas Expal e Instalaza. La primera de ellas, fue objeto del acoso pacífico de Greenpeace, una de las organizaciones que lleva más de diez años luchando por la desaparición de este tipo de bombas. Más de 30 activistas de Greenpeace asaltaron las oficinas de Expal en Madrid, entre ellos, tres escaladores que desplegaron una pancarta gigante en la azotea con la imagen de un niño mutilado por una bomba de racimo. Mientras, otro grupo llenaba el vestíbulo del edificio con imitaciones de prótesis y siluetas de personas amputadas. El momento de más tensión se vivió cuando los trabajadores de la empresa trataron de librarse por la fuerza de los activistas y de los periodistas que seguían la noticia. Una gran dotación de Policía tuvo que desplazarse hasta el lugar para controlar la manifestación pacífica contra las bombas de racimo y para evitar nuevas intrusiones en la empresa. De forma simbólica, los miembros de Greenpeace entregaron a los máximos responsables de la empresa dos prótesis de los brazos de un niño camboyano, así como una cinta en la que el menor expresaba su deseo de que Expal deje de "usar y fabricar bombas de racimo".