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TENIS

Hingis: el circuito despide a la estrella maltratada

Por Alejandro G. NietoTiempo de lectura3 min
Deportes11-11-2007

Con la temporada de tenis terminada, las jugadoras guardan sus raquetas para volver a desenfundarlas en el mes de enero. Las de Martina Hingis, sin embargo, no volverán a ver una pista del circuito. La número uno más joven de la historia, la niña de la sonrisa imborrable, la eterna sucesora de Martina Navratilova dijo adiós definitivamente a su carrera profesional después de dar positivo por cocaína. Azotada por las lesiones y por la antipatía de prensa y aficionados, Hingis, que se confiesa inocente, deja al circuito sin una de las raquetas más sutiles de las que jamás ha disfrutado.

“La sospecha de que he tomado cocaína es terrible, me daría pánico tomar drogas. Jamás en mi vida en pensado en doparme ni jamás he probado drogas”. Martina Hingis (Kosice, Eslovaquia, 1980) se defendía así de su acusación de dopaje, tras confirmar que en el pasado torneo de Wimbledom dio positivo por cocaína en un control antidopaje. El mundo se le vino encima a la suiza en una temporada en que las lesiones le han impedido jugar al nivel deseado. La noticia de su positivo ha sido la gota que ha colmado el vaso. Martina, extasiada y decepcionada, ha decidido retirarse ante el duro camino que le espera: el de defender su inocencia. Hingis se confiesa inocente: “Mi arma sobre la pista de tenis es y siempre fue mi juego, la ingenuidad en la cancha, el amor a este deporte”. Argumenta, incluso, haber descubierto inconsistencias en la muestra de orina que le tomaron durante el torneo de Wimbledon, razón por la que acusa a las autoridades antidopaje de fallado en el procedimiento. Además, asegura que una prueba realizada por su propia voluntad demuestra su inocencia. “Frustrada y enojada”, como dice sentirse, la helvética se enfrenta a un proceso que supone un bache más en una carrera que no ha sido nada fácil. Cuando su madre le puso el nombre de Martina en honor a la mítica Navratilova, fue toda una premonición. La joven Hingis, nacida en la antigua Checoslovaquia pero criada en Suiza, demostró desde pequeña unas dotes excepcionales para el tenis. Pronto la señalaron como la sucesora de su homóloga y, con 16 años, ya se había convertido en la jugadora más joven en alcanzar el primer puesto de la clasificación mundial. La precisión de sus golpeos, su forma de moverse sobre la pista, su sutileza en la red y su brillante técnica le permitieron ganar cinco títulos de Grand Slam (tres Abiertos de Australia, un Wimbledon y un Abierto de Estados Unidos). Siempre le quedó el sinsabor de no haber logrado un Roland Garros, lugar donde vivió uno de los momentos más duros de su carrera. La poca simpatía que despertaba entre los aficionados, devotos de Steffi Graf y Monica Seles, a las que la suiza estaba desbancando, quedó patente en la final parisina de 1999. El público empezó a abuchearla cuando protestó un punto y la suiza perdió un partido que tenía controlado. Ahí empezó una decadencia que, en 2003, con 23 años, la llevó a una prematura retirada por sus incesables dolores de tobillo. Sin embargo, los años apartada del circuito le permitieron madurar, volverse mentalmente más fuerte y recuperar la ilusión por jugar al tenis. Así, regresó en 2006, con la única intención de volver a sentirse feliz en una pista. No le fue mal: sumó tres títulos más para acumular un total de 43 en individuales y 37 en dobles y alcanzó el número seis del ranking de la WTA. No obstante, las lesiones regresaron y las dolencias en su cadera le han impedido lograr un buen resultado desde el pasado mes de febrero, en Tokio. Desde entonces, no ha superado la tercera ronda en ningún torneo, lo que unido a la noticia de su positivo la han llevado a la retirada definitiva. La niña prodigio más odiada, aunque querida entre sus compañeras, se despide sin haber alcanzado a Navratilova, la que fue su espejo, y con una dura labor por delante para limpiar su nombre.