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PAKISTÁN

Benazir Bhutto vuelve entre seguidores y bombas tras ocho años de exilio

Por Luis Miguel L. FarracesTiempo de lectura4 min
Internacional21-10-2007

La ex primera ministra de Pakistán y principal líder opositora al régimen militar de Pervez Musharraf, Benazir Bhutto, volvía la pasada semana a su país natal tras ocho años de exilio en Dubai y Londres. Ahora, gracias a meses de negociaciones con Musharraf para guiar juntos una transición democrática, bastante en entredicho, parecía la hora del optimismo liberal para miles de paquistaníes. No obstante, dos bombas al paso de su comitiva acabaron con la vida de más de 120 personas e hirieron a otras 400, para teñir de sangre el retorno de la esperanza.

El que estaba destinado a ser uno de los días más felices en la vida de Bhutto, el de su regreso a su Karachi natal tras ocho años de exilio y con decenas de miles de simpatizantes arropándola, se convirtió sin embargo en una triste carnicería. Pese a las amenazas de diversos grupos islamistas a lo largo de la semana, en las que advertían de que darían a Bhutto su propia bienvenida en forma de atentados sucidas, la ex premier afrontaba su viaje tranquila en el avión que la llevaba de vuelta a casa junto a sus colaboradores y algunos enviados especiales de diversos medios internacionales. En la travesía, Bhutto atendía de buena gana a los periodistas. “Me siento orgullosa y muy feliz de tener esta responsabilidad ante los miles de personas que me esperan en el aeropuerto”, aseguraba emocionada. “Estoy al tanto de sus problemas cotidianos. Del empobrecimiento de las economías domésticas, de que las diferencias entre ricos y pobres se acentúan. El pueblo quiere un gobierno que les escuche y les respete. Si queremos salvar a Pakistán es la hora de la democracia.” En la ciudad, los partidarios de Bhutto se preparaban para ver aparecer de un momento a otro a su redentora personal. Decenas de miles de personas, llegadas desde todos los rincones del país, conformaban toda una marea a lo largo del camino que debía seguir la comitiva. La fe en el cambio hacia la apertura política o el desarrollo económico había impulsado incluso a cientos de desempleados a costearse viajes de casi 1.000 kilómetros de su propio bolsillo y a algunos incluso a dormir durante un par de días en el arcén de la carretera para asegurarse un buen lugar donde presenciar la caravana de Bhutto. Era la prueba de que el filón de la ex primera ministra no ha muerto durante los ocho años de autoexilio entre Londres y Dubai, en los que intentó desmarcarse de las acusaciones de corrupción cosechadas durante su último mandato al frente del Gobierno, sabedora de que de pisar suelo paquistaní sería detenida. La amnistía propuesta por Musharraf para organizar junto a ella un reparto de poder como camino hacia una transición democrática, puesta en serias dudas por el resto de partidos opositores, había propiciado su regreso. Entre seguidores y bombas Con el avión ya aterrizado en Pakistán, un camión descapotado para mostrar el rostro de Bhutto a sus seguidores y varios vehículos de seguridad estaban dispuestos para formar el desfile. Una de las principales preocupaciones de la ex premier era precisamente el de cuál sería el grado de protección que le aseguraría el despliegue policial organizado por el Gobierno. El Ejecutivo, que había garantizado a Bhutto plena seguridad con motivo de su regreso, le había solicitado no obstante retrasar el viaje unos días ante las amenazas de los islamistas para reforzar el dispositivo. Sin embargo, Bhutto declinó el ofrecimiento y allí se encontraba, entre una densa muchedumbre venida de lugares dispares y cuya magnitud podía hacer extremadamente fácil la tarea de infiltrarse a cualquier terrorista. Indudablemente, el terreno parecía seguro para Bhutto. A las fuerzas policiales oficiales que se encontraban desplegadas en torno a la comitiva, se sumaban voluntarios de su propio partido, que entrelazados conformaron hasta tres cordones de seguridad entorno a su líder. Sin embargo, a tan sólo unos minutos del comienzo del desfile, los estruendos de dos bombas de gran potencia dejaron tras de sí sendos destellos rojos, una espesa humareda, dos coches ardiendo y, según los últimos recuentos, más de 120 personas muertas y 400 heridas. Inmediatamente, Bhutto fue trasladada a su domicilio de Karachi en un coche blindado y los servicios de emergencia comenzaron a actuar. Tras la pista de los islamistas y los servicios secretos Las condenas internacionales del atentado se sucedieron en cuestión de horas. Entre ellas, la del propio presidente Musharraf, al que Bhutto exigió que solicitase ayuda internacional para determinar la autoría de los ataques. Las amenazas islamistas parecían dejar claro el origen de las bombas, pero las sospechas apuntan hacia otro lado. “Si los islamistas quisieran atentar no sería contra mí, sería contra el Gobierno. Estoy segura de que tras las bombas del jueves están los servicios secretos”, aseguró a la prensa. Sin poder determinar aún si las explosiones se debieron a artefactos colocados en vehículos o a terroristas suicidas, las investigaciones comenzarán en cuestión de días, con la incógnita en el aire de cuál será el papel que juegue la Comunidad Internacional en el esclarecimiento de los hechos.