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UNIÓN EUROPEA

Europa, detrás de la crisis política, el hastío social

Por Luis Miguel L. FarracesTiempo de lectura3 min
Internacional25-03-2007

El proyecto político de la Unión Europea atraviesa por una crisis de identidad desde las negativas hace dos años de Francia y Países Bajos al Tratado Constitucional. No obstante, esta evidencia, que ya ha llenado las agendas de los políticos continentales en la Cumbre de Berlín, lejos está de quedarse meramente en lo político y ha motivado el estancamiento de las ambiciones europeas del ciudadano continental de a pie.

Las aspiraciones de construcción de los europeos parecen haber tocado techo en los últimos años. La congelación de la Constitución Europea en el seno del continente ha herido de muerte el proyecto de los ahora 27, que se ha quedado en suspenso. Para mayor desdicha, el aparente hastío de la clase política de la UE parece haber contagiado a los ciudadanos. Al menos, así lo deja entrever un reciente estudio, en el que un 44 por ciento de europeos piensa que las condiciones de vida de su país han empeorado desde la entrada en la Unión. Especialmente alarmante es el caso de Reino Unido, llamado a ser uno de los motores del proyecto continental, donde más de un 60 por ciento de los británicos cree que la pertenencia a la UE es negativa. La pregunta sobre el porqué del desengaño europeo reinante en el continente permanece latente. Sin embargo, es imposible dar una respuesta única y clara a tal cuestión porque ésta se encuentra en muy diferentes ámbitos de la agenda política de los estados miembro. Una de ellas se encuentra en el profundo nacionalismo de cada uno de los países de la Unión, ya no sólo cultural sino político. Un ejemplo gráfico del nacionalismo político son las tretas que acostumbran a utilizar los gobiernos estatales de la UE para torpedear la compra de pequeñas y medianas empresas nacionales por parte de gigantes económicos de algún país vecino. Las polémicas condiciones del Gobierno de España a la reciente OPA de la alemana E.ON sobre Endesa son el ejemplo más cercano y la punta del iceberg de una práctica muy extendida en todo el continente. Y es que la doctrina de la hermandad económica basada en la conciencia de que una empresa vecina fuerte revierte en los intereses de un tercer estado miembro aún no está muy extendida. El problema identitario El tópico que reza que el principal aglutinante identitario de los europeos es su antiamericanismo no deja de ser reduccionista, pero no muy alejado de la verdad en los tiempos que corren. El sentimiento de pertenencia exclusivo al estado miembro, la inexistencia de una lengua común y las evidentes diferencias culturales entre los europeos dificultan en gran medida que esto pueda ser de otro modo. Hay quienes ven en una hipotética entrada de Turquía en la UE un enorme agravante de este problema, dado que la nación otomana se convertiría en la más poblada de la Unión, por lo tanto con mayor poder de decisión según el Tratado Constitucional, y posee una cultura anclada en la religión islámica pese a la cercanía de las principales ciudades al ritmo de vida occidental. Un plantel cultural en cualquier caso, alejado de la Europa tradicional. Diferencias socioeconómicas Otro de los principales problemas de gran parte de los ciudadanos europeos, sobre todo de aquellos de los estados recién ingresados desde 2004 hasta hoy: Estonia, Letonia, Lituania, Polonia, República Checa, Hungría, Eslovaquia, Eslovenia, Malta, Chipre, Bulgaria y Rumanía son las diferencias socioeconómicas respecto a la otrora Europa de los 15. La debilidad de las economías de los nuevos estados ha configurado una oportunidad única para que las grandes empresas del resto de Europa fagociten a las de los países de la ampliación o copen los mercados nacionales de dichos estados. Además, la excepción a países como Polonia a que sus ciudadanos puedan circular libremente por el territorio de la Unión como pueden hacerlo el resto de europeos por miedo a migraciones masivas, ha creado un germen de descontento entre los nuevos vecinos europeos de a pie.