SER UNIVERSITARIO
Familia cristiana

Por Álvaro Abellán
3 min
Opinión09-07-2006
“Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él” (1 Jn 4, 16). Estas palabras de la Primera carta de Juanexpresan con claridad meridiana el corazón de la fe cristiana: la imagen cristiana de Dios y también la consiguiente imagen del hombre y de su camino. Además, en este mismo versículo, Juan nos ofrece, por así decir, una formulación sintética de la existencia cristiana: “Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él”. Con esas palabras empieza Benedicto XVI Deus caritas est, su primera encíclica. El intelectual, el hombre duro, el teólogo, el guardián de la fe… ha querido desde el principio de su pontificado abrazar y expresar el corazón de la fe cristiana. “He venido a hablar de lo bueno, que es mucho y hermoso”, reconvenía a un periodista alemán desde el avión que le traía a Valencia al ser preguntado por la política anti-familia de Zapatero. Esas primeras palabras de su encíclica rescatan bajo una fórmula de Juan el mandamiento nuevo: “Que os améis los unos a los otros; igual que yo os he amado […] En esto reconocerán que sois discípulos míos” (Jn 13, 34-35). En esta fórmula, que expresa el corazón de la experiencia cristiana, puede ya encontrarse el tesoro doctrinal sobre la familia que ha acumulado la Iglesia durante siglos. Varón y mujer deben amarse como Cristo amó al hombre. Como Cristo amó al hombre. Fácil de decir. ¿Cómo amó Cristo al hombre? Entregó su vida inocente por cada hombre. Aceptó sin defenderse insultos, vejaciones, torturas y una condena injusta. “Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado?”. Él, perfecto y sin mancha, se alejó de su divinidad y de su Padre hasta llegar al infierno para igualarse con los más pecadores y miserables y, así, hecho uno con ellos, llevarlos a su Salvación. Eso es lo que ha venido a decirnos Benedicto XVI. Que a los insultos y vejaciones respondamos con amor, que asumamos con coherencia y dignidad las condenas injustas de los demás, que a las miserias de quien nos rodea respondamos con nuestros dones y virtudes y que encarnemos esa forma de amar entre varón y mujer, padres e hijos, hermanos, primos y amigos. Porque las familias amantes son las que construyen una sociedad amante. Porque la Civilización del Amor empieza en la propia casa. Porque si las familias cristianas no encarnan esa forma de amar, el mundo estará perdido. Todo eso ha venido a decirnos Benedicto XVI. Algo sin duda mucho más escandaloso que las polémicas discusiones sobre el matrimonio gay, el divorcio express, y tantas otras realidades verdaderamente graves y razonables, pero sencillamente mundanas. Algunos creímos que vino a defender con su pluma y su espada nuestras convicciones políticas y sociales; pero no hemos encontrado en sus palabras armas contra nuestros rivales, sino la cura contra nuestro peor yo: el mensaje del Dios que es Amor. El intelectual, el hombre duro, el teólogo, el guardián de la fe… nos lo dijo todo con sus primeras frases; pero me temo que no dejará de sorprendernos, quizá porque habla en nombre de aquel que todo -si le dejamos, también nuestra alma- lo hace nuevo.






