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JUAN PABLO II

El funeral del Papa reúne a la cúpula mundial

Fotografía
Por Alejandra Linares-RivasTiempo de lectura2 min
Sociedad08-04-2005

"Sígueme". Esta palabra, decía el cardenal Ratzinger en su homilía, es la "llave" para comprender el pontificado del Sucesor de Pedro más querido de la historia. Juan Pablo II siguió a Cristo y eso mismo quiso que hicieran los fieles católicos a través de su persona y del amor a la Virgen. La asistencia masiva a su funeral da fe de que lo consiguió.

No se trató de un puñado de personas. Fueron alrededor de cuatro millones. La población de Roma se duplicó, al menos durante la jornada en que se sepultó a Karol Wojtyla, y una cifra similar ocupó las calles de la ciudad en los días inmediatamente posteriores a su muerte y anteriores al entierro. Entre los asistentes al funeral se contaron más de 200 monarcas, herederos, jefes de Estado y Gobierno y otros representantes internacionales. Además acudieron 140 miembros de diversas delegaciones religiosas ortodoxas, de iglesias occidentales, Judaísmo, Islam y otros cultos no cristianos. Trescientas mil personas siguieron la clebración desde la propia plaza de San Pedro, pero quienes no cupieron pudieron hacerlo desde las 27 pantallas gigantes colocadas por toda Roma en plazas, basílicas y monumentos; incluso en Tor Vergata, donde tuvo lugar la XV Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) en el año 2000. En la primera parte de la ceremonia se selló el féretro de ciprés que muy pocos pudieron presenciar. A continuación, los restos del Papa fueron llevados en procesión hasta la plaza de San Pedro y se colocaron frente al altar mayor, con un Evangelio abierto sobre el ataúd. El cardenal Joseph Ratzinger presidió la misa y la concelebraron otros 164 cardenales. En la homilía, el Ratzinger resumió la trayectoria de Juan Pablo II como sacerdote y repasó los pasos que le condujeron a ser Papa. La escucha de las palabras que Cristo le dirigía: "Sígueme"; y su amor por la Virgen "Totus Tuus" ("todo tuyo") guiaron su vida. La celebración de la Eucaristía concluyó con la súplica de las Iglesias Orientales del Oficio de Difuntos de la liturgia bizantina, y el rocío del féretro con agua bendita. Después, una pequeña procesión acompañó el féretro hasta las grutas vaticanas, en lo que fue una ceremonia íntima. Allí, tras introducir el ataúd de ciprés en otro de zinc con los símbolos de su pontificado, el Santo Padre fue sepultado en la antigua tumba de Juan XXIII.