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BALONMANO

Una transición hecha revolución: Juan Carlos Pastor

Por Roberto J. MadrigalTiempo de lectura2 min
Deportes06-02-2005

Jugadores como Rafael Guijosa Enric Masip, Iñaki Urdangarín –que se emocionó en el palco– y Talant Dusjhebaev, retirados o a punto de hacerlo, se fueron de la selección con la deuda de no haber podido explotar el potencial de España. Pero de repente un sustituto de urgencia, Juan Carlos Pastor, ha conseguido la mejor actuación de todos los tiempos de la selección española en una gran competición.

Pastor, un técnico joven y poco conocido en el escalafón de las grandes competiciones europeas de clubes, ha demostrado una excelente preparación y ha sabido descargarse de la exigencia de ganar. De hecho, ha asumido con total tranquilidad el hecho de haber sido contratado por tan sólo dos meses y ha cumplido con el trabajo que se le había encomendado. Ha transmitido una confianza inusitada para un equipo al que siempre se habían atragantado los partidos decisivos, principalmente las semifinales, su techo en los Mundiales de Egipto y Portugal, en 1999 y 2003. El seleccionador, que ha seguido compaginando su labor al frente del Balonmano Valladolid, ha estudiado al detalle a todos sus rivales, pero ha tenido flexibilidad para leer los partidos y rectificar si era necesario. Pero sobre todo ha sabido implicar a los jugadores en torno a una idea de juego, que el capitán Mateo Garralda resumía así: “juego rápido, defensa que cree el máximo número de disposiciones ofensivas y un ataque muy esquematizado”. Con la ayuda del experimentado Alexandru Buligan como segundo –con consejos de veterano para los jugadores–, Pastor ha sabido emplear a los jugadores más adecuados para cada situación y, sobre todo, ha repartido minutos para hacerse sentir importantes a todos los miembros del equipo, entre ellos jugadores que jugaban su primer gran torneo internacional, como Rubén Garabaya, Raúl Entrerríos y Albert Rocas. Sin jugadores importantes en anteriores citas como Xavier O’Callaghan, el propio Dujshebaev, Carlos Ortega, Manuel Colón y Jon Belaustegui, entre otros, la manija del equipo la ha llevado el joven Chema Rodríguez. El vallisoletano ha sido el cerebro ofensivo de España y ha ayudado a Garralda, a Alberto Entrerríos y –sobre todo– a un Íker Romero que por fin ha dosificado su gran potencia para hacerla aparecer en los momentos decisivos. Así, España ha conseguido terminar el torneo con una media de más de 35 goles por partido. Dio oportunidades a todos, rotó con sabiduría e hizo sentirse importante a todos los convocados. Para el ex seleccionador Juan de Dios Román, “la final es histórica por tres razones. Es el primer título de España, nunca hubo una superioridad tan aplastante de un equipo y los españoles han acabado con el anticuado balonmano de la dureza física y las soluciones individuales. Se dice que en la década de los 90 el juego táctico lo hizo Suecia y el poder físico era de Rusia; en la transición desde el 2000 al 2004 Croacia dominó la táctica, pero ahora España ha cambiado a un juego variado, creativo, que marca una nueva pauta y será un modelo en los próximos años”.